La sociedad del miedo, cascadas de disponibilidad y riesgos de cola

 

El miedo consiste en la reacción a la percepción de un peligro (BUDE, 87). Y, siguiendo el título de la obra de este último autor, no cabe duda que vivimos en la sociedad del miedo.

De hecho, (p. 79), estamos inmersos en lo que se conoce como la «paradoja de la seguridad«, en virtud de la cual la «sensibilidad para las inseguridades crece en la misma medida en que lo hace la seguridad». Y esto nos lleva a ser especialmente temerosos.

Desde un punto de vista fisiológico, se cree (SUNSTEIN, 2009, p. 14) que en el cerebro hay una «región distintiva, la amígdala cerebral, que gobierna ciertas emociones, y que, en particular, está relacionada con el miedo». Ahora bien, (p. 13), las creencias sobre las que se basa el miedo puedan estar justificadas o no. Y, por consiguiente, no es infrecuente que esté alejado de toda racionalidad.

En efecto, somos selectivos con el miedo, no todos nos sentimos amenazados por igual, especialmente, porque nuestra percepción del peligro no es uniforme (y además puede cambiar con el tiempo). Lo que conlleva que adoptemos decisiones de riesgo no homogéneas, es decir, somos más precavidos en unas cosas que en otras.

Salvo que se produzca una cascada de disponibilidad.

 

Sobre las cascadas de disponibilidad

La heurística de disponibilidad (a la que me he referido en diversas ocasiones en este blog) se refiere a que tendemos a calcular la probabilidad sobre un determinado suceso preguntando a la mente un ejemplo fácilmente disponible.

La cuestión es que la disponibilidad tiene un efecto muy importante a la hora de tomar precauciones, especialmente porque (SUNSTEIN, 2006, p. 15)

«si no vienen ejemplos a la mente [no están «disponibles»] pero el riesgo estadístico es alto, la heurística puede dar a la gente una sensación injustificada de seguridad».

Y lo mismo cabe decir a la inversa, pues, «si un incidente está rápidamente disponible en la mente pero es estadísticamente infrecuente, la gente va a sobreestimar el riesgo».

La conclusión, entonces, es que la heurística de la disponibilidad (SUNSTEIN, 2009, p. 95)

«puede conducirnos a serios errores de hecho, tanto en términos de reacciones excesivas ante riesgos pequeños que están cognitivamente disponibles como de reacciones insuficientes ante riesgos que no lo están».

Por otra parte, la predisposición (debidamente reforzada por el sesgo de confirmación , esto es, nuestra «tendencia a buscar información que confirme nuestras hipótesis y creencias originales» – 2009, p. 147) puede contribuir a determinar la disponibilidad.

Además (SUNSTEIN, 2006, p. 15 y 16; y 2009, p. 97, 98 y 103), si las emociones están especialmente involucradas, somos muy propensos al «descuido de la probabilidad«, mostrándonos altamente sensibles a los resultados, sin que variaciones significativas en la probabilidad de cada uno de ellos, realmente, incidan en nuestro pensamiento y conducta.

Y el miedo es una emoción muy fuerte que tiene una  poderosa capacidad de neutralización de la evaluación probabilística, de modo que es difícil que no concentramos la atención en el peor de los escenarios posibles. Efecto que probablemente alimentado por el «sesgo alarmista», esto es, nuestra propensión a inclinarnos por el resultado más alarmante.

Por consiguiente, (SUNSTEIN, 2009, p. 57) la heurística de disponibilidad condiciona nuestras medidas de precaución, pues, al mostrarnos los peligros que están a la vista, propicia que adoptemos medidas de protección; y, en cambio, nos despreocupamos respecto de los que no lo están, siendo manifiestamente descuidados al respecto.

Teniendo en cuenta que hay riesgos que, pese a ser claramente infrecuentes, tienen un poderoso efecto psicológico en nosotros (especialmente si son poco familiares y difíciles de controlar), somos especialmente vulnerables a las cascadas de disponibilidad.

Es decir, a los procesos en los que (sin entrar en su intencionalidad) se dan a conocer, a través de los medios de comunicación o de personas de los grupos sociales a los que pertenecemos, ciertos ejemplos o incidentes que pasan a estar «disponibles» en el «buscador de nuestra mente», provocando «temores públicos» a través del contagio emocional.

Empleando las categorías conceptuales de propone GLADWELL, estos colectivos pueden operar como «conectores» precipitadores de «epidemias sociales».

 

Principio de precaución vs. riesgos de cola

El hecho de que el miedo forme parte de nuestro ecosistema social y personal, nos compele a «regular» el riesgo y exigimos a los poderes públicos a encauzarlo, estableciendo un «margen de seguridad».

El motor que impulsa este proceso es el «principio de precaución», incluso, en caso de incertidumbre (SUNSTEIN, 2009, p. 14, 15 y 26), esto es, en situaciones cuyo riesgo que no se puede calcular (SILVER, p. 44).

Y esto tiene una implicación profunda, pues, exigimos intervenciones para protegernos de eventuales daños (todavía no materializados) e, incluso, aunque las cadenas causales no sean claras y no sepamos si tales daños efectivamente se van a producir. Lo que puede cuestionar la idoneidad de las medidas preventivas.

El principio de precaución puede tener un efecto paralizante y, en ocasiones, también puede acarrear sus propios riesgos.

Sin embargo, siguiendo con TALEB (p. 47, 324 y 325), que mantiene una discrepancia encarnizada con SUNSTEIN (y THALER), no debe desestimarse el efecto profundamente desestabilizante que pueden tener acontecimientos estadísticamente poco relevantes (o altamente improbables) y que se conocen como «riesgos de cola». Especialmente, porque en estos casos, el riesgo es exponencial y sistémico y con capacidad de producir desviaciones extremas.

 

La gestión del miedo

Partiendo de la base de que si tenemos recursos limitados, no es factible abarcar a todos los posibles riesgos remotos (provocaría un rápido empobrecimiento), es necesario tener en cuenta que (TALEB, p. 48 y 49) aunque hay riesgos que no podemos asumir, hay otros que no podemos no asumir.

En casos de incertidumbre (SUNSTEIN, 2009, p. 87 y 154 a 157, 171 y 177), en los que nos enfrentamos a riesgos catastróficos a los que no se les puede asignar probabilidades pero presentan cierto umbral mínimo de verosimilitud, es razonable que los poderes públicos determinen los peores escenarios y opten por el enfoque que elimine el peor de ellos. Estrategia que justifica la adopción de medidas enérgicas para reducir los riesgos.

En este contexto, es obvio que conviene informar a la población acerca de los riesgos y, tratando de combatir el descuido de probabilidad y el sesgo alarmista (que, recuerden, nos llevan a pensar en el peor de los resultados posible), informar sobre el significado de la información sobre la probabilidad asociada a dicho riesgo.

La disminución del miedo (incluso del infundado), es un bien social que, sin duda, conviene combatir.

 

 

 


Bibliografía citada

  • BUDE, H. (2017). La sociedad del miedo. Herder.
  • GLADWELL, M. (2011). El punto clave. Punto de Lectura.
  • SILVER, N. (2014). La señal y el ruido. Atalaya. 
  • SUNSTEIN, C. R. (2009). Leyes de miedo, Katz.
  • SUNSTEIN, C. R. (2006). Riesgo y razón, Katz.
  • TALEB, N. N. (2019). Jugarse la piel. Paidós.

Finalmente, les recuerdo que en este enlace pueden acceder a todas las entradas del blog publicadas en relación al COVID-19

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.