Al observar el acelerado y generalizado uso de la Inteligencia Artificial Generativa, lo que más me sorprende es que no nos hayamos preguntado si es legítimo utilizarla.
Nos servimos de ella porque es fácil hacerlo y porque nos hace la vida más simple. Entonces, ¿dónde está el problema?
En esta entrada me gustaría compartir algunas reflexiones a propósito del uso de esta tecnología en el mundo profesional, educativo y personal, a partir de algunas preguntas:
– ¿deberíamos asumir que nos estamos dopando cognitivamente?;
– ¿es «correcto» hacerlo?;
– en este entorno, ¿qué queda de los valores y de la ética del saber y del aprendizaje?
– ¿qué impacto tendrá sobre las virtudes cívicas de los individuos y la sociedad del futuro?
Siempre que sea capaz de formularlo de forma sugerente, les despierte la curiosidad y pueda captar su atención (y, obviamente, me acompañe un poco la fortuna), me gustaría tratar de abrir un debate sobre todas estas cuestiones. Especialmente, porque creo que son preguntas subyacentes que (debido a la vorágine, espectacularidad y asombro que el avance de esta tecnología nos está provocando) han quedado invisibilizadas en el ágora.
