Expertos analistas y chimpancés lanzando dardos
Existen muchas formas de pensamiento, pero una buena clasificación es la que propuso Isaiah BERLIN (a partir de la distinción del poeta y guerrero griego ARQUÍLOCO, hace 2.500 años): «El zorro sabe muchas cosas, pero el erizo mucho de una sola cosa». Aunque existe una enorme discrepancia sobre el sentido de estas palabras, en el fondo, describen «una de las diferencias más profundas que separan a escritores y pensadores, y seguramente también a los seres humanos en general» (El erizo y el zorro, 37).
A partir de esta célebre distinción, Philip TETLOCK y Dan GARDNER (Superpronosticadores, 75 a 78), sobre la base de un libro anterior del primero (El juicio político de los expertos), han confirmado que, a la hora de hacer pronósticos y acertarlos, los zorros (más eclécticos) superan a los erizos (afectos a una gran idea). Incluso, esta superioridad se aprecia cuando los erizos tienen que hacer pronósticos sobre los temas que más conocen, esto es, los temas de su especialidad.
Lo más «divertido» es que, cuanto más famoso es un analista experto (y mayor es su capacidad para entusiasmar a las audiencias y mantener su interés), menos competente se muestra. En efecto, cuanto mayor es la capacidad de crear relatos bien armados, simples y claros y mayor es su confianza en sí mismo, mayores son las desviaciones de sus estimaciones.
De ahí que TETLOCK concluyera (a partir de un análisis de medición muy exhaustivo) que el desempeño del experto promedio está por debajo del nivel del azar. Es decir, lejos de seguir sus predicciones, sería mejor dejarse guiar por los pronósticos obtenidos a partir de los aciertos de un chimpancé lanzando dardos.
Saldar cuentas
La particularidad es que los analistas expertos (con independencia de su estilo) no acostumbran a someter sus pronósticos al escrutinio posterior:
«raras veces se habla de verificar los pronósticos: las predicciones son como las noticias – pronto quedan olvidadas – y casi nunca se les pide a las lumbreras que comparen lo que previeron con lo que realmente acontenció» (TETLOCK y GARDNER, 15).
De hecho, estos analistas tienen habilidad suficiente para restar importancia a sus errores de predicción e, incluso, tienen capacidad suficiente como para trazar una línea en la historia que les permite aparecer previendo los acontecimientos.
En cambio, lo que en realidad sucede es que tienden a ser víctimas del sesgo de la retrospección. A toro pasado, sabiendo el resultado final y por tanto con suma seguridad, son capaces de crear una narrativa capaz de explicar la secuencia causal que ha desembocado en el desenlace ya conocido (como les he contado en diversas ocasiones, las noches electorales son una delicia para ver a este sesgo en acción). La paradoja es que, al pensar que entienden el pasado (las «causas reales» que precipitan los acontecimientos), su confianza en su capacidad de predicción del futuro también lo hace. De ahí que muchos piensen que son verdaderos visionarios.
Llegados a este punto, quizás se estén preguntando por qué les cuento todo esto. Pues, básicamente porque quiero saldar cuentas con ustedes.
Hace unas semanas (cuando apareció en el calendario del TJUE la fecha de la publicación de la sentencia Obadal) publiqué en LinkedIn lo siguiente:

Es obvio que, viendo el fallo, me equivoqué estrepitosamente: ¡el TJUE sí «se ha movido»! (¡vaya si lo ha hecho…! )
Aunque, efectivamente, la doctrina sobre la compensación de los daños en los casos de abuso se haya mantenido por parte del TJUE, mi pronóstico claramente no fue acertado porque rechazar la validez de la calificación de indefinido no fijo no estaba, en absoluto, en mi quiniela.
No sé si mi forma de pensamiento se acerca más a la de un zorro o a la de un erizo; pero sí puedo decir que este sí ha sido un tema de mi especialidad. Lo curioso es que todos estos años de estudio de la cláusula 5ª de la Directiva 1999/70, de su interpretación por parte del TJUE y de su posterior recepción a nivel interno, no me han perimitido «verlo venir» (algo similar les compartí en «Por qué no lo ví venir«, en abril de 2020, con ocasión de la pandemia).
De modo que (a mi pesar) encajo perfectamente en el patrón de conducta descrito por TETLOCK y GARDNER.
En contraste con la opinión de otros analistas que sostienen que lo sucedido era clarísimo que iba a pasar, llevo unos días dándole vueltas a mi miopía y mi limitada perspicacia.
Lo curioso es que, a propósito del escurridizo fenómeno de los indefinidos no fjios, el TJUE ya había cambiado de opinión sobre su adecuación en diversas ocasiones. De modo que este giro interpretativo no era una posibilidad remota (de hecho, el elevado número de ocasiones que ha sucedido, hubiera podido alertarme de que esta posibilidad no era tan improbable como para invisibilizarla).
Entonces, ¿por qué erré en mi pronóstico?
Es muy probable que, entre otros muchos factores, fuera víctima de un exceso de confianza y también del sesgo de confirmación.
Respecto del primero, aunque advertí que podía errar (probablemente influido por mi lectura del trabajo de TETLOCK y GARDNER), a pesar de ello, al colgar un post en una red social, mantenía suficiente confianza en mí mismo como para compartir mi pronóstico públicamente. Y, en estos casos, parece que ocurre algo muy interesante. Como apunta Kathryn SCHULZ (En defensa del error, 77, 74 y 73), «tenemos la sensación de estar en lo cierto porque tenemos la sensación de estar en lo cierto: tomamos nuestra propia certidumbre como indicador de exactitud». De modo que «la sensación de saber algo es increíblemente convincente y desmesuradamente satisfactoria». Y es esta firme convicción en la certeza de lo que creemos lo que nos impide pensar que, quizás, podemos estar equivocados. O, dicho de otro modo, «nuestra capacidad de hacer caso omiso al hecho de no saber algo funciona de maravilla».
La cuestión es que, pese a conocer la materia con mucho detalle, no sabía «suficiente». Obviamente, no tenía forma de saber qué pensaban los magistrados del TJUE y esto no es algo que pueda reprocharme. Lo que sí me reprocho (y por este motivo puedo afirmar que hice el pronóstico «sin saber» – y cometí un error de bulto) es que lo formulé sin antes hacerme las preguntas pertinentes. Lo que me lleva al sesgo de confirmación.
En efecto, lejos de buscar elementos que pudieran refutar mi pronóstico, fuí por la vía fácil y me quedé con aquellos elementos que confirmaban mi intuición. De hecho, como apuntan TETLOCK y GARDNER (43) «una característica definitoria de los juicios intuitivos es que no discriminan la calidad de los indicios en los que se fundamentan». Además, víctima de este sesgo, no me hice una pregunta tan «elemental» como importante: «¿qué puede convencerme de que me estoy equivocando?». Ahora me doy cuenta que, no solo no reparé que el TJUE podía cambiar de opinión, sino que tampoco fui consciente que el precedente italiano podía no ser un indicador predictivo válido porque las diferencias entre su solución y la nuestra es muy distinta.
Pero mi error es todavía más llamativo si cabe. Especialmente porque soy plenamente conocedor de las «trampas de la mente» y de los atajos en el razonamiento que (por el impulso del «pensamiento automático» o «Sistema 1») llevan a las personas a tomar decisiones sesgadas y, por ende, equivocadas de forma sistemática. A pesar de ello, tropecé (burdamente) con ellas.
No obstante (en mi «descargo»), como apuntan TETLOCK y GARDNER (48 y 49), sería un error pensar que esta forma de pensar automática es nuestra «opción por defecto»; y lo sería porque esta idea sugiere que, a voluntad, podríamos cambiar el conmutador que permite pasar de una opción a otra (de «pensamiento automático» a «pensamiento razonado»). La realidad no es tan simple: «nos guste o no, el Sistema 1 sigue zumbando, sin detenerse jamás, por debajo del balbuceo de la conciencia».
Asumiendo que la certeza de una afirmación radica en la inexistencia de argumentos que puedan refutarla, mi error principal fue no sondear qué podía hacer que mi pronóstico pudiera ser erróneo.
Un poco de humildad intelectual
Con esta entrada he tratado saldar cuentas y, con ello, hacer un ejercicio de honestidad y también de humildad intelectual.
Como apuntan TETLOCK y GARDNER (228) es una reflexión sumamente interesante respecto de esta última:
«La humildad necesaria para un juicio criterioso no es falta de confianza, esa sensación de que uno carece de talento, no es inteligente o no es digno de algo. La humildad en cuestión es humildad intelectual. Es el reconocimiento de que la realidad es sumamente compleja, de que para ver las cosas con claridad hay que luchar continuamente —si es que existe esa posibilidad— y de que los juicios humanos, por ende, están plagados de errores. Aseveración que se aplica a los tontos y a los genios por igual. De suerte que es posible tener una excelente opinión de uno mismo y ser humilde en el plano intelectual. Es más, esa combinación de actitudes puede ser maravillosa por lo fructífera. La humildad intelectual reclama la reflexión necesaria para los juicios criteriosos; la confianza en la capacidad propia nutre las acciones resueltas».
De hecho, siguiendo con los citados autores, debe tenerse en cuenta dos aspectos más: en primer lugar, que nuestra visión siempre es limitada y nuestro juicio imperfecto; y, en segundo lugar, que nuestra creencia más firme puede también ser un error. De modo que debemos tratar de distinguir los hechos de nuestros valores.
Francis GALTON, la sabiduría de la multitud y la Sala IV del Tribunal Supremo (una encuesta)
El asunto Obadal hace que todas las miradas estén puestas ahora mismo en la Sala IV del Tribunal Supremo (y, como expuse en esta entrada, también deberían estarlo en el próximo movimiento de la Sala III).
De hecho, dado que es probable que sean muchos los recursos pendientes de resolución, la Sala de lo Social no tiene por qué resolver en primer lugar el caso que dio lugar a esta famosa cuestión prejudicial. Es posible que haya otros asuntos que, por sus particularidades, sean más propicios para tratar de unificar doctrina y, de cara a ofrecer mayor seguridad jurídica, opte por resolverlos antes. Sin olvidar que, en función de qué haya ganado firmeza, podría condicionar el fallo posible (sin mostrar realmente el cambio de doctrina que quiera impulsar la Sala IV).
A resultas de Obadal es claro que el abuso debe ser compensado (y con independencia de si se produce o no una ineficacia contractual y de la causa que la provoque). Lo que, dicho sea de paso, podría extenderse al sector privado (salvo que se entienda que, al menos para los contratos por circunstancias de la producción, la suma de medidas previstas en el art. 15.5 ET y la LISOS ofrecen una medida verdaderamente efectiva para combatir el abuso en la temporalidad).
Partiendo de esta realidad resarcitoria (y que, obviamente, deja muchas preguntas en el aire), qué va a dictaminar a propósito de las personas que, teniendo un contrato temporal, padecen un abuso en la temporalidad es una de las más relevantes (pues, es la solución jurisprudencial que ha quedado directamente afectada por la inadecuación de la calificación judicial de indefinido no fijo). Pues bien, en estos momentos, esta cuestión es difícil de predecir (y más si lo hace un «analista» – como el que les escribe – cuya capacidad para vislumbrar el futuro es inferior a la de un chimpancé lanzando dardos).
Francis GALTON (que era primo segundo de Charles DARWIN) se dió cuenta que, frente a la incertidumbre, la conocida «sabiduría de la multitud» podía estar más cerca de una respuesta correcta que la ofrecida por un solo individuo. Siguiendo la exposición de David ROBSON (La trampa de la inteligencia, 266), para un artículo que publicó en la revista Nature en 1907, GALTON pidió a los visitantes de una feria rural que calculasen el peso de un buey. La estimación media fue de 543 kilos, con solo una desviación de 4 kilos (el 0,8% con respecto al valor correcto). Lo maravilloso de este ejercicio de inteligencia colectiva es que más del 50% de las estimaciones se situaron en torno al 4%, arriba o abajo. En definitiva, lo que esta idea sugiere es que muchos cerebros, trabajando juntos, pueden corregir los errores de juicio de los demás.
Salvando las distancias (determinar el peso de un buey no es equiparable a encontrar la solución al problema del abuso en la temporalidad), les invito a participar en esta breve encuesta, votando una de las siguientes opciones (si creen que pueden enriquecerse, pueden hacer su sugerencia haciendo un comentario a esta entrada y añadiré las nuevas opciones a la encuesta).
Siempre que el número de respuestas sea significativo, los resultados nos permitirá averiguar si la «sabiduría de la multitud» se aproxima al criterio de los magistrados de la Sala IV.
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#hechoporunhumanoparahumanos

