
by #mysisolove
Errores y apuestas cotidianas
La toma de decisiones en contextos de incertidumbre es un fenómeno que nos envuelve de forma mucho más cotidiana de lo que tendemos a pensar.
Fíjense en lo siguiente: a la hora de tomar una decisión o adoptar cualquier curso de acción nos vemos sometidos ante el desafío provocado por dos posibles cuencas de ignorancia:
▪️en primer lugar, no podemos acceder a toda la información que verdaderamente nos permitiría tomar una mejor decision: no solo no tenemos «todos» los datos, sinó que, además, desconocemos los efectos finales de muchos cursos de acción (especialmente cuando intereaccionan entre sí); de modo que, en estas condiciones, es obvio que el velo de la ignorancia es particularmente opaco (si me caso, es difícil anticipar cómo interaccionará mi pareja conmigo y con otras personas a la largo de las décadas); y,
▪️en segundo lugar, tampoco podemos ponderar correctamente los pocos datos que sí tenemos a nuestro alcance antes de tomar una decisión. De hecho, cuanta más información dispones, más se complica la tarea de sopesarla y decidir en consecuencia (de ahí que, al casarse, en vez de rellenar un excel con los pros y los contras, sea mejor dejarse llevar por el flechazo de Cupido…).
«Gracias» a estas dos limitaciones «tan humanas», no debería sorprendernos que los errores afloren constantemente (y, con ellos – entre otros «subproductos» – los famosísimos sesgos). Y es lógico que así sea porque, además, sufrimos una notable «ceguera» sobre la propia existencia de estas dos fuentes de ignorancia recién descritas.
Aunque la falibilidad del conocimiento nos resulta muy perturbadora y decepcionante (y nos cuesta asumirla), en realidad, actuamos como si tales barreras no existieran.
Lo más «apasionante» es que, anudado a lo anterior, emergen (a su vez) dos fenómenos muy interesantes:
▪️En primer lugar, aunque nuestra autopercepción sea totalmente la contraria, «gracias» a estas limitaciones, decidimos y actuamos «sin saber» (porque no tenemos toda la información). Lo que significa que estamos más expuestos al azar de lo que, probablemente, somos capaces de asumir; y,
▪️En segundo lugar (y derivado de lo anterior) es claro que (nos guste o no) nuestro día a día es, en realidad, un cúmulo de «apuestas»: como si lanzáramos los dados, tomamos decisiones sin medir el «verdadero» riesgo implícito en las mismas. Hay días que no suecede «nada» que se devíe de lo esperado; pero, en cambio, en otros, esas circunstancias latentes pero obviadas por nosotros «se activan» y sí suceden «cosas» que no habíamos previsto.
Aceptar que estamos permanentemente «apostando», probablemente, no nos haga sentir muy cómodos. Sin embargo, «la realidad» podría ser descrita como sigue:
- en primer lugar, no tenemos la sensación de vivir tan a expensas de la fortuna;
- en segundo lugar, derivado de lo anterior, tendemos a invisibilizar su dictadura;
- en tercer lugar, al carecer de información y decidir sin ella y/o sopesándola imprecisamente, es obvio que vivimos en una especie de «casino» cotidiano; y,
- en cuarto lugar, podemos concluir que son muchas las decisiones que tomamos «a lo loco»… (y, para serles honesto, es mejor que así sea porque, de otro modo, acabaríamos en la «parálisis por el análisis» – y los planes de boda se suspenderían sine die…).
Para ponerles un ejemplo simple, reparen en lo siguiente: al coger el coche cada mañana, desconocemos si, ese día, habrá clavos en la carretera en nuestro trayecto al trabajo; y, por consiguiente, desconocemos qué probabilidad hay de sufrir un pinchazo (muy probablemente infravaloramos esta posibilidad). De modo que, al obviar este factor de riesgo, salimos a la misma hora, como de costumbre (como si el riesgo fuera inexistente). De hecho, tomamos nuestro conocimiento del pasado (como diría David HUME, Investigación sobre el conocimiento humano, 82), la «regularidad de la experiencia», como un predictor fiable de lo que nos deparará el futuro inmediato. De algún modo, aunque no lo exterioricemos, hacemos un razonamiento similar al siguiente:
«dado que no ha sucedido nada fuera de lo común con mis ruedas en los trayectos al trabajo en las últimas semanas [como un pinchazo provocado por un clavo o por «x»], asumo, con total convicción, que hoy por la mañana nada sucederá».
Así que, esperando llegar puntuales al trabajo, cogemos las llaves y ¡salimos tan panchos!
El carácter sorpresivo del error y la ruleta de la vida
A la luz de lo anterior, es obvio que el error (provocado por un descuido de probabilidad) es siempre «sorpresivo» (nadie se levanta por la mañana pensando que pinchar una rueda es una de las posibles cosas que podría pasar).
El error tiene este atributo porque tiene un carácter mecánico e imperceptible. A diferencia de otros sentidos (como el gusto o el tacto), «no podemos percibir cómo percibimos». Esto significa que «como no podemos aprehender estos procesos en acción ni tampoco tomar nota de los lugares en los que podría introducirse el error, creemos que no podemos equivocarnos. O, dicho con más exactitud (Kathryn SCHULZ, En defensa del error, 62), «no creemos que podamos equivocarnos». La posibilidad del error no se encuentra entre las opciones a nuestro alcance. Como no podemos (literalmente) sentir que nos estamos equivocando (no podemos ser conscientes de ello), no podemos evitar concluir que estamos en lo cierto. En definitiva, literalmente, no hay margen para el error (no es una de las opciones del «menú»).
Así pues, somos víctimas de la ceguera al error: aceptamos la falibilidad como un fenómeno universal, esto es, en los otros, pero no en nosotros mismos. No existe la experiencia de equivocarse (mientras se produce), pero (SCHULZ: 28 y 29) sí tenemos la «experiencia de darse cuenta de que uno se ha equivocado» (una vez ya ha pasado). Por este motivo, nuestras propias equivocaciones nos sobresaltan constantemente (una vez ya nos hemos equivocado hasta el fondo). Hasta entonces, defendemos nuestras convicciones con uñas y dientes (al margen de su certeza)
Si extrapolamos un poco lo recién expuesto, emergen categorías de fenómenos más inquietantes si cabe (y de las que ya les he hablado en numerosas ocasiones): cada decisión que toman (ingerir un producto del supermercado, desplazarse, pasear por el parque, formalizar un contrato, etc.) conlleva una decisión plagada de hechos desconcidos. En el mejor de los casos, los podemos identificar como «desconocidos conocidos» («cosas que sabemos que no sabemos»); en el peor, nos pasan por delante de las narices «desconocidos desconocidos» («cosas que no sabemos que no sabemos»). De ahí que nuestra exposición al riesgo es, en estos últimos casos, extrema (y nos encontramos totalmente a expensas de la Diosa de la Fortuna).
La paradoja es que, dada su naturaleza, no podemos reprocharnos que, constantemente, estemos obviando a los «desconocidos desconocidos». Inevitablemente están ahí «agazapados» …
La suma de todos estos elementos describe, a fin de cuentas, la «ruleta de la vida» (y, como saben, con resultados ambivalentes, en función de si la suerte nos acompaña o, lamentablemente, nos es esquiva).
Aprile y el elogio del error
Recientemente, he podido sumergirme en esta temática apasionante de la mano del genial Pino APRILE y su nuevo libro titulado: «Elogio del error«. Se trata de una lectura extraordinariamente sugerente y (con su estilo inconfundible) con unas desternillantes gotas de humor.
El propósito de esta entrada (pese a la extensa aproximación «propedéutica» que antecede) es ahondar en el análisis del error, compartiendo con ustedes algunas de las muchas reflexiones que despliega con maestría.
No obstante, rompiendo la «ortodoxia» clásica del blog, permítanme que, en esta ocasión, me limite a compartir algunos fragmentos de la obra a modo de cortas citas. Especialmente porque, pese a su brevedad, su contenido es una invitación profunda a la reflexión (quizás, tengan que leerlas más de una vez – ¡yo ya llevo unas cuantas…!).
Es la primera vez que lo hago de este modo y espero que no les importe que introduzca alguna «innovación» (y así – de paso -, trate de volver un «poco loco» al algoritmo que probablemente está analizando mi patrón de escritura…).
Ahí va:
▪️»Lo que cuenta no es no equivocarse, sino a aprender a convivir con las consecuencias de nuestros errores» (p. 10)
▪️»Lo importante es no cometer el error equivocado» (dicho popular americano, p. 35).
▪️»Nada obliga a creer que de los errores pequeños se deban esperar solo cosas pequeñas» (p. 52).
▪️»Gran parte de lo que sabemos (o creemos saber) está equivocado. Incluso es posible que todo lo que sepamos esté equivocado. Y saberlo no solo es casi siempre imposible (…), sino con frecuencia absolutamente inútil» (p. 107).
▪️»Cada vez que el saber conquista una nueva verdad, ensancha el horizonte de la ignorancia y de los errores posibles» (p. 108).
▪️»es justo defender el error desde el momento que la verdad se defiende sola y, antes o después, prevalece. La ciencia, desde GALILEO en adelante, hizo del error su único instrumento en la búsqueda de la verdad» (p. 121).
▪️»En cuanto a los errores de la memoria, estamos diseñados para olvidar los recuerdos que no nos gustan, para embellecer, con el tiempo, lo desagradable; para convertir en reales cosas que solo habíamos pensado. No es un mal modo de trabajar: la fantasía se enriquece a expensas de la verdad» (p. 122).
▪️»el error es tan solo para quien acepta reconocerlo» (p. 134).
▪️»el hombre moderno es más estúpido, pero cuenta con herramientas y organizaciones que le permiten equivocarse infinitamente más que sus predecesores» (p. 137).
▪️»los errores de los jefes están a la vista de todos (los reyes se equivocan en el trono, los sacerdotes en el altar) y parecen más graves y numerosos (los de los otros solo los ven los jefes)» (p. 138).
▪️»La hormona de crecimiento de las empresas es el error. La verdadera equivocación sería no cometerlos. El problema es establecer cuántos (el error es como un fármaco); en dosis demasiado bajas no hace nada; demasiado altas, matan; la justa, cura» (p. 141).
▪️»El poder consiste en que los errores propios los pague otro» (p. 163).
▪️»Quien busca la verdad siembra errores» (p. 174).
▪️»en la mayoría de los casos, carecemos de capacidad personal alguna (o de humana posibilidad) de control sobre la exactitud de lo que sabemos» (p. 176).
▪️»cuanto menos se sabe, más seguro se está» (p. 177).
▪️»un error compartido es más fuerte que una verdad tardía» (p. 177).
▪️»Cuando damos por buena una respuesta a una pregunta que formulamos, se dispara la rigidez mental que nos vuelve remisos a discutirla. Si la respuesta está equivocada y la correcta llega más tarde, la primera resiste» (p. 177).
▪️»Cuanto mayor es la cantidad de ‘información’ que nos llega, menos es la posibilidad (y no hablemos ya de capacidad) de distinguir la verdadera de la falsa y, como quiera que ‘es demasiada para que nadie pueda asimilarla toda, es de dudosa calidad'» (p. 182).
▪️»Somos incapaces de aceptar un ‘no lo sé, no se puede saber’; nuestra especie tiene necesidad de hallar una explicación a todo. Ante la imposibilidad de verificar las cosas, nos fiamos de lo que dicen los demás» (p. 183).
▪️»Gracias a la ciencia, hemos arrancado a la ignorancia y a la superstición más verdades que cualquier predecesor que hayamos tenido. Pero cada una de ellas añade al sistema de información una nueva e ilimitada cantidad de errores» (p. 184).
▪️»Toda nuestra educación nos induce a juzgar ‘mal’ el error y ‘malo’ a quien yerra. Es una estupidez. Hay que ‘dejar de considerar el error como un problema moral'» (cita de James REASON, p. 184)
▪️»Cada uno de nosotros vive con una increíble cantidad de ideas y datos sin fundamento, no verdaderos, parcialmente equivocados; y comete cientos de errores al día. Pero muy rara vez alguno tiene consecuencias molestas, aún más raro es que sean dañinas y casi nunca catastróficas» (p. 184).
El error es útil (pero parece que nos estamos alejando de él…)
Aunque pueda parecerles paradójico (teniendo en cuenta todo lo expuesto), pueden estar convencidos que errar es muy útil (de hecho, es el título del muy recomendable libro de Henning BECK).
Esta es, precisamente, la tesis de APRILE. Del mismo modo que la «hormona de crecimiento» de las empresas es la comisión de errores en su justa medida, algo similar puede decirse de las personas.
En efecto, la incertidumbre y las equivocaciones que provoca, si son gestionados a nuestro favor, pueden beneficiarnos. Este es, precisamente, el atributo de la «antifragilidad» propuesto por Nassim N. TALEB y que permite a los individuos (e, incluso, a las instituciones) prosperar y crecer pese a la existencia de estresores, desorden y crisis.
El impacto de la volatilidad y el azar sobre la antifragilidad es distinto al que tiene sobre la robustez o la resiliencia, pues, las cosas que tienen esta última propiedad (como un vaso de plástico) aguantan los choques, pero siguen igual – sin mejorar ni empeorar (aunque dado que la robustez perfecta en inalcanzable, al final acaban sucumbiendo). Lo que es antifrágil, en cambio, mejora con cada golpe. De hecho, como apunta BECK (37) «el cerebro aprende bastante bien cuanto está estresado si se trata de aprender acerca de la propia cosa que genera la excitación del estrés».
Sin embargo (siguiendo a Jonathan HAIDT y Greg LUKIANOFF, La transformación de la mente moderna), en las sociedades occidentales, en las últimas décadas, hemos ido creando una cultura de la ultraseguridad, tendente a minimizar los estresores y la incertidumbre. El problema es que, al hacerlo, nos hemos ido convirtiendo en más frágiles, porque el umbral de tolerancia frente a lo imprevisto, no sólo lo hemos estado rebajando paulatinamente, sino que, además, progresivamente hemos estado incluyendo un número de factores creciente que provocan este estado emocional. Esta fragilidad extrema y multicausal ya la estamos observando en las generaciones más jóvenes (tienden a quebrarse con más facilidad) y la emergencia (casi pandémica) de riesgos psicosociales no dejaría de ser también su corolario.
La irrupción de la IA agéntica y su creciente y generalizado uso (en especial, entre los más jóvenes), asistiéndonos en todo aquello que deseemos, probablemente, acrecentará este problema. Y lo hará porque, en realidad, al decidir por nosotros, tenderá a anular la posibilidad de enfrentarnos a nuestras propias equivocaciones y a los efectos de las mismas. De modo que, sin el aprendizaje que atesoran los tropiezos de la vida, es difícil que las nuevas generaciones tengan herramientas efectivas para lidiar con la extrema incertidumbre que nos deparará el futuro. Lo que, muy probablemente, incrementará la dependencia hacia la IA agéntica; y, por ello, acabaremos siendo más frágiles si cabe …
Quizás, no sea descabellado pensar que, en un futuro, clamemos por la posibilidad de apartarnos de la solución tecnológicamente prefabricada y estándar y exijamos la titularidad de un «derecho al error» (como una manifestación genuina de nuestra autonomía y condición humana).
En cambio, a pesar de las bondades de las equivocaciones y de la antifragilidad, parece que hemos tomado un curso de acción que nos aleja irremediablemente de ellas.
Como apunta TALEB el inicio de su libro, convendría hacer una distinción fundamental en la vida, a partir de la siguiente metáfora: «el viento apaga una vela, pero aviva el fuego».
De modo que, ahora que podemos, deberíamos trabajar para que nuestros jóvenes aspiren, sobre todo, a ser fuego y desear el viento… (y no a ser velas y temerlo…)
#AIFree
#hechoporunhumanoparahumanos
