
By bbeltran
La eusocialidad, o capacidad de cooperación y división del trabajo, es un atributo poco frecuente entre las especies y una de las bases del altruismo. De hecho, la compartimos con muy pocos animales (por ejemplo, termitas y hormigas) y ha sido calificada como el último estadio (y más elevado) de la evolución en la Tierra.
Nuestra singularidad es todavía más acusada cuando se constata que, en algún momento de nuestra evolución, fuimos agraciados con un conjunto de variaciones anatómicas y neuronales que permitieron a nuestra laringe modular el aire que pasa por ella y desarrollar un lenguaje complejo.
Estas dos características han jugado un papel trascendental para nuestra supervivencia. El habla, combinada con la cooperación, nos ha otorgado una ventaja evolutiva verdaderamente definitiva, porque nos han permitido transmitir paquetes de información de una generación a otra. A diferencia de otras especies cuyo contador de innovación se pone a cero con cada generación, el nuestro es siempre legatario de los avances de la anterior: nuestro conocimiento es siempre aluvional y se ha acumulado siguiendo una estructura estratificada.
Hemos sido agraciados con dos mejoras evolutivas, probabilísticamente hablando, muy remotas. Sin embargo, si se amplía un poco el punto de vista, podría concluirse que no lo son tanto. Es obvio que nuestra propia existencia como especie es la evidencia más clara de que este tipo de cosas pueden pasar. Y, si esto es así, dada la enorme ancianidad del universo y sus miles de millones de planetas repartidos por las galaxias, uno no puede evitar empezar a divagar y pensar que, quizás, en alguno de los rincones del cosmos, otras especies también han podido ser agraciadas con iguales o superiores atributos en un remoto pasado o, incluso, gozan de ellas en este mismísimo presente; o bien, lo harán en un futuro lejano…
Volviendo a la Tierra, la cooperación y la capacidad de transmitir información se han erigido en los elementos básicos para el avance de la técnica y ha marcado nuestra capacidad de progreso. Y, gracias a ello, hemos alcanzado unas cotas impresionantes. En efecto, nuestra capacidad inventiva nos ha permitido asumir mejoras («seres aumentados») de forma mucho más acelerada y teledirigida que la que lenta y azarosa evolución nos hubiera permitido.
Sin embargo, con el paso del tiempo, como si de un pacto fáustico se tratara, nos hemos dado cuenta que nuestra capacidad de invención es muy superior a la de gestionar los riesgos que se derivan de la misma. Nuestra historia reciente es una sucesión de episodios de esta naturaleza.
A nadie se le escapa que esto puede adquirir tintes dramáticos, pues, no podemos garantizar que toda innovación acabe reportándonos mejoras netas. Nuestro presente es un vivo ejemplo de lo anterior. Visto desde la atalaya privilegiada que ofrece el paso de los siglos (y aunque es controvertido) podría decirse que la aparición de la agricultura (y el abandono de nuestra vida como cazadores-recolectores) describiría nuestro primer gran «error» (parece ser que hubiéramos sido mucho más felices si nos hubieran dejado deambular con taparrabos y encaramados a los árboles).
La revolución atómica sería la segunda de nuestras grandes pifias históricas. Sobre esta, se ha afirmado (Günther ANDERS) que es la «última» de las grandes revoluciones (garantizado nuestro autoexterminio, no va a haber ningua otra del mismo nivel nunca más). Desde entonces, vivimos en tiempo de descuento: es cuestión de tiempo que alguien (bastante torpe, por cierto) desencadene la brutalidad atómica y (como apuntó Stanley KUBRICK), entonces, en ese instante, «para un observador en la Nebulosa de Andrómeda, el signo de nuestra extinción no [será] más que una cerilla que se enciende durante un segundo en el cielo».
El escenario desde esta última revolución no ha mejorado ciertamente. Andamos hoy muy atareados con la inteligencia artificial, devanándonos los sesos sobre su posible impacto y, en el fondo, no dejamos de preguntarnos si no estaremos a las puertas de nuestra tercera «cagada» (les pido disculpas por la expresión pero, según la RAE, por tal debe entenderse: «resultado muy insatisfactorio de algo en relación con lo que se pretende o se espera«).
Ciertamente, no tengo respuesta a esta pregunta.
Sin embargo, sí tengo algunas «intuiciones» que pueden ayudar a observar las tendencias subyacentes:
Primera: esto de la inteligencia artificial (y, en especial, la generativa y la agéntica) aspira a convertirse en un producto de consumo masivo (siempre que los recursos naturales que la sostienen no colapsen). Sólo así sus promotores podrán asegurarse el retorno de las ingentes cantidades de dinero invertidas.
Segunda: su uso puede ser intelectivamente muy empobrecedor y es muy probable (ya hay evidencias que así lo atestiguan) que no sea beneficioso en todas las etapas de nuestra vida (una recomendación: no abusen con su uso) y/o que, «gracias» a ella, sean muchas las personas cuyas vidas empeoren severamente.
Tercera: aunque (ingenuamente) nos aseguren que este «gobierno de los números» disipará la incertidumbre y colmará nuestras ansias de certeza (lean a José Ignacio LATORRE), parece que lejos del cénit de la civilización, estamos a las puertas de una nueva y «definitiva» versión del «hombre-masa» de ORTEGA y GASSET (La rebelión de las masas).
Esto es, una persona tipo drenada cognitivamente y víctima de un entumecimiento psíquico severo (sin el estímulo del aprendizaje y mutilada la curiosidad por el aplanamiento del saber, «¿cómo puede ordenarse el conocimiento y la concepción de uno mismo?«). Este nuevo ser acabaría padeciendo hemiplejia crítica (¿quién se atreverá a cuestionar la «verdad numérica»?); ostentaría una individualidad absolutamente mutilada (¿quién se atreverá a tomar una decisión sin el susurro de la IA?); y sufriría una fragilidad extrema ante el error y el fracaso propios (si la IA nos asiste en todo, ¿quién asumirá la responsabilidad de sus actos, opiniones, ideología, emociones y sentimientos?).
En definitiva, un ser carente de autenticidad, despojado de experiencias vitales y sin capacidad para decidir por sí mismo. O (como expuso ORTEGA y GASSET, 16 y 17), un individuo montado nada más que sobre unas cuantas y pobres abstraciones, vaciado y dócil y carente de un «dentro», de una intimidad suya, inexorable e inalienable, de un yo que no se pueda revocar y vacío también de un destino propio. De ahí que esté siempre en disponibilidad para fingir ser cualquier cosa y, como un mimado redomando, sólo tenga apetitos que deben ser saciados, sin que se le pueda exigir obligación alguna (porque no cree que las tenga).
y, Cuarta: en este escenario (como anticipó ORTEGA y GASSET y diseccionó Hannah ARENDT) no se extrañen si, como las polillas atraídas por la luz, empezamos a flirtear con liderazgos extremistas con la promesa de colmar nuestro vacío interior.
No saben cuánto deseo que mis intuiciones estén equivocadas.
Si no lo estuvieran, parece que una decidida inversión en educación, en aras a reforzar el sentido de uno mismo y de vivir en sociedad con respeto a la diversidad, sería la madera flotando a la que agarrarse en este naufragio.
#AIFree
#hechoporunhumanoparahumanos

Buenos días,
Sin atreverme a entrar en la cuestión de si la IA es buena o mala, ya que no tengo claro si entre sus virtudes (que creo que las tiene) y sus defectos pesan más unos u otros, lo que si quiero dejar patente es que en mi humilde (insignificante) opinión la aparición de la IA no es un salto cuántico sino una evolución sobre un camino emprendido en durante el siglo pasado.
Aún recuerdo cuando, para hacer un escrito tenía que dejar el papel con su copia en la máquina de escribir durante días para que no se descuadrasen las copias con el papel carbón y como tenía que buscar sentencias una a una en la revista jurídica sin mayor guía que el índice de la revista.
Todo ello me parece increible, al igual que me parece increible que pudiera quedar con los amigos en un lugar a una hora y, usualmente, encontrarme con ellos sin un teléfono movil con el que poder situarlos en tiempo real.
Hace muy poco ha sido noticia que una nave espacial tripulada le diera un rodeo a la Luna cuando hace 50 años ya lo hizo el Apolo XIII sin motor, por ejemplo.
Todo lo sucedido desde entonces no es inteligencia artificial?
Hoy en día ya nadie sabe escribir con una letra como la de mi abuelo, de hecho ya cuando yo era niño ya no se enseñaba la caligrafía y hace tiempo que ese hábito se perdio en aras del word.
En fin, no pretendo tomar partido ni aportar nada relevante, simplemente quiero decir que a mi entender la irrupción de la IA, tal y como la conozco no es una ruptura sino una evolución, a día de hoy, el futuro ya lo veremos.
Un saludo, con sincero aprecio
Estimado Ignasi (permíteme llamarte así aunque no nos conozcamos):
Mientras siga existiendo gente como tú, aun hay esperanza.
Un cordial saludo.
Genial reflexión, hombre masa, pues es verdad que profesionalmente, soy Graduado Social, parece ser asi, tienes el conocimiento y la práctica, pero le consultas a la IA a ver si te ilumina algo más y a veces si, pero otras veces no.
Nos deberemos adaptar como herramienta nos ayudará, pero no debemos caer en esa persona carente de personalidad, de estructura, en esa persona masa.
Debate dificil, pero si nos dejamos llevar y es fácil, nos podemos abandonar como seres humanos, me ha gustado el articulo