El saqueo de nuestra privacidad y la corrosión de la democracia de la sociedad digital

 

Tecnologías con propósitos estúpidos

¿Por qué necesitamos una papelera con sensores, cámara y acceso a internet? ¿Y una tetera?

Este tipo de innovaciones en constante expansión (MOROZOV, 12 y ss) son anunciadas como lo más avanzado para resolver ciertos problemas (en este caso, la mejora del reciclaje y así del medio ambiente; o advertirnos de la temperatura del agua).

En el fondo, aspiran a que los seres humanos se «comporten de manera más responsable y sustentable», maximizando la eficacia.

El incremento de gadgets interconnectados formaría parte de una «orgía perfeccionista» que, planificadas por los nuevos «ingenieros sociales» de Silicon Valley, aspira a erradicar las debilidades humanas empleando los incentivos adecuados. Esto es, a comportarnos como «es debido».

En este proceso, la compartición de los datos en las redes sociales (¡de nuestra basura!) se envuelven en procesos de gamificación convirtiéndose en las palancas que promueven la corrección de nuestras desviaciones. En el caso de la basura, estimulando la competencia con nuestros seguidores a través de puntuaciones y premios virtuales en función de nuestros progresos en la mejora selectiva.

No obstante, la evidente superficialidad de estas innovaciones (que MOROZOV califica como «solucionismo tecnológico»), no sólo se refieren a «problemas» que, en sí mismos, no lo son, sino que, además, al ludificar virtudes cívicas quedan (SANDEL, 52) seriamente corrompidas, descendiéndolas a un nivel inferior al que le es propio.

Y lo cierto es que (BECK, 247 y 253) estas «recompensas» lejos de activar nuestra motivación interna, extinguen el «impulso interior». Como apunta este autor, la

«mayoría de estos sistemas de gratificación subestiman [el] principio de funcionamiento de la motivación humana y nos tratan como a máquinas que pueden acelerarse con solo aumentar la propulsión. Sin embargo, no por repostar el doble el motor andará más rápido».

La búsqueda de la perfección a través de la automatización acarrea diversos efectos colaterales más:

– En primer lugar (como expuse en «Automatización y obsolescencia humana«), tiende a erosionar nuestras habilidades (provocando nuestra obsolescencia).

– En segundo lugar, impide la serendipidad.

– En tercer lugar, bloquea la creatividad. De hecho (siguiendo con BECK, 295 y 299)

«un mundo sin fallos no debería parecernos muy progresista, sino todo lo contrario. Sería un mundo estático, estable y enemigo del progreso, porque sin el riesgo de cometer un error tampoco existe el valor para descubrir algo nuevo (…). El nuevo conocimiento no se encuentra en los libros, sino que debe crearse antes. Pero esto solo es posible si se asume el riesgo de cometer un fallo»; y

– En cuarto lugar, todo este proceso (CARR, 256) produce un efecto paradójico, pues, cuánta más dependencia tenemos de nuestros esclavos tecnológicos más esclavos somos de ellos.

En todo caso, (como apunta MOROZOV, 31 y 32), el empleo de la tecnología para alcanzar «soluciones definitivas» a nuestros «problemas» también pueden acarrear, como se expondrá a continuación, amenazas (mucho) más profundas.

 

Amenazas siniestras derivadas del solucionismo tecnológico

En paralelo al empobrecimiento progresivo descrito, el solucionismo tecnológico también podría acabar socavando gravemente nuestra libertad.

Es obvio que errar (como apunta MOROZOV, 16) es un factor constitutivo de la libertad humana y la maximización de su erradicación es una grave amenaza a la misma. Y la generalización de dispositivos que recopilan información y de máquinas asistentes podrían ser el caballo de Troya que abriría las puertas a proyectos mucho más siniestros.

El capitalismo de la vigilancia, como lo describe ZUBOFF (en su lúcido análisis) es la personificación del peor de los escenarios posibles. Este concepto se refiere a la expansión ubicua de la inteligencia de máquinas para el rastreo profundo de nuestra conducta y emociones.

Sus principales actores son (por su importancia y su carácter pionero) Google y Facebook (pero también, lo son – hasta la fecha – Apple y Amazon).

Aunque quizás me equivoque, es posible que el trabajo de esta profesora emérita de Harvard se convierta en una obra icónica y una referencia absoluta para nuestras generaciones futuras.

Vaya por delante que lo que les expondré a continuación no pretende ser un resumen (de su extenso ensayo de 900 páginas), sino una (modesta) aproximación siguiendo mi propio orden a los aspectos que (estimo) son más relevantes.

Especialmente porque creo que conviene contribuir a su difusión con urgencia.

Si bien es cierto que lo que ZUBOFF denomina como «capitalismo de la vigilancia» también es conocido como «economía de la atención» (PEIRANO, 20), creo que el marco conceptual que propone la profesora de Harvard tiene la virtud de describir con mayor precisión las implicaciones profundas de este comportamiento (principalmente) empresarial.

Su aproximación tiene la virtud de desvelar lo que en muchos otros libros que abordan esta cuestión estaba implícito, pero no se sabía cómo «corporizarlo». Le ha dado un «nombre» a un fenómeno muy amenazante. Es una gran obra (con múltilpes lecturas). Debería ser de lectura obligatoria para cualquier ciudadano «digital».

 

¿Qué ofrece el capitalismo de la vigilancia?

Los productos y servicios que proveen los capitalistas de la vigilancia (como expone ZUBOFF a lo largo de su obra) son el «gancho» para extraer de nosotros los datos de nuestro comportamiento (el «excedente conductual»). Estos datos son utilizados para «fabricar» productos predictivos que son vendidos en mercados de futuros conductuales a las empresas clientes.

Esta capacidad predictiva derivada de los datos obtenidos gracias al rastreo es lo que STEPHENS-DAVIDOWITZ (119) denomina el «suero de la verdad digital» (los ejemplos que expone en libro son ilustrativos de este potencial).

Aunque algunos datos, a través de la eufemística «personalización», contribuyen a mejorar el servicio prestado (y así nuestra experiencia), el verdadero propósito es la apropiación despiadada de los datos «en la sombra» (los metadatos o «migas digitales») que desvelan aspectos íntimos e imperceptibles de nuestra conducta (ZUBOFF, 256 y ss.). Por ejemplo, pueden constatar que dedicamos más tiempo a ver vídeos de gatitos que de perritos, así como otros aspectos mucho más intrusivos.

La antropometría a la que estamos subyugados, a través del flujo continuo de datos conductuales, nos somete a una intromisión profunda y sin precedentes, con un único propósito: una «publicidad dirigida» (96).

En efecto, el rastreo intensivo a través de las redes sociales y aplicaciones para móviles y ordenadores tiene, prioritariamente, un propósito publicitario y comercial. La expansión de las «SMART cities» y la creciente inversión en productos domésticos «SMART» (TV, neveras, aspiradoras, lavadoras, bombillas, lámparas, altavoces, alarmas, vigilabebés, termostatos, teteras, asistentes domésticos activados por voz, etc.), wereables (pendientes, relojes, pulseras, juguetes, ropa, etc.), vehículos autónomos hiperconectados, drones, realidad aumentada y responden al mismo interés.

 

No somos el producto, somos el cadáver abandonado

Como apunta PEIRANO (117), muchos datos son generados involuntariamente por personas desprevenidas cuyas acciones y movimientos son registrados minuciosamente por cámaras, micrófonos y sensores sin que se den cuenta. Rastreo que incluye (ZUBOFF, 115) datos que los usuarios han optado intencionadamente por no compartir. Y la ocultación de los datos en la sombra y el eufemismo empleado para mantener este secretismo es el modus operandi de estas corporaciones.

A diferencia del capitalismo industrial (102 y 623), dependiente de la explotación y del control de la naturaleza, en el de la vigilancia, los seres humanos somos la materia prima del proceso.

Lejos de servirnos han pasado a vigilarnos (121). De hecho (132), «atender a las necesidades auténticas de las personas es menos lucrativo y, por lo tanto, menos importante que vender las predicciones de [nuestras] conductas».

Y, en esta particular «cadena de producción» captar nuestra atención es fundamental (aunque, como se expondrá, ya no será suficiente).

Como se expone en el documental «El dilema de las redes sociales» (y también describe PEIRANO, 32, 33 y 37), a partir de la motivación social (y aprovechando necesidad humana de ser aceptado por la comunidad), las redes sociales están configuradas con «activadores» o «desencadenantes» muy similares a los emplea una tragaperras y, en particular, su barra (la función «push to refresh» de estas redes recrean las mismas emociones e impulsos que al accionarla).

Las notificaciones y la cuantificación son elementos del diseño que juegan con la ansiedad del usuario, creando pequeños «chutes dopamínicos» para provocar nuestra adición. ¿El motivo? Incrementar el tiempo ante la pantalla, desvelar más datos en la sombra y, así, aumentar la inteligencia del aprendizaje de máquinas para «afinar» su predicción.

En todo caso, como apunta ZUBOFF (505), la inteligencia de máquinas

«caza furtivamente nuestro comportamiento en busca de un excedente y deja tras de sí todo el significado alojado en nuestros cuerpos, cerebros y latidos, de un modo no muy diferente a como los furtivos dejan tras de sí los cadáveres de los elefantes tras vaciarlos de marfil.

Olvídense del tópico de que si algo es gratis ustedes son el producto. Ustedes no son el producto; son el cadáver abandonado. El ‘producto’ es lo que se fabrica con el excedente que han arrancado de sus vidas».

 

Más hienas al festín: la conquista del «mundo real»

El éxito de la estrategia predictiva con fines publicitarios de Google, primero, y Facebook, más tarde, ha atraído a infinidad de competidores a «un ciclo de vida cada vez más implacable de secuestro de experiencia humana».

Esta creciente competitividad entre los capitalistas de la vigilancia (ZUBOFF, 125, 182 y 184) ha desembocado en una carrera sin cuartel por extraer más y más profundos excedentes conductuales.

En este contexto, el concepto de la «economía de la manipulación», propuesto por AKERLOF y SHILLER (ver al respecto en «Autocontrol, tentaciones y economía de la manipulación«), describe a la perfección este nuevo festín de hienas.

Los incentivos que esta dinámica genera son de una extrema perversidad, especialmente porque retroalimentan una espiral de saqueo continuo. El botín no sólo es tentador (los beneficios de los «pioneros» han sido astronómicos), sino que abstenerse es prácticamente una condena a la inanición empresarial.

Exprimiendo y rebañando esta información, se aspira a mejorar las técnicas predictivas y, así, satisfacer los intereses de terceros: los usuarios nos hemos convertido «en fines para los intereses de otros».

Y cuantos más datos tengan de nosotros mejor para ellos. Pues, cuanto más precisas sean las predicciones, más elevado será su valor (ZUBOFF, 472, 273 y 275).

La cuestión es que colonizado el «mundo virtual» (con el acopio de un volumen de datos descomunal), el «mundo real», a través del internet de las cosas y de los hogares «inteligentes», se ha convertido en el nuevo espacio de minería humana por explotar.

Y nuestro universo interior (personalidad, emociones complejas, etc.) también está siendo escrutado. Por ejemplo, la captación de nuestra voz es, hoy en día, uno de los frentes de batalla más cruentos («la caza mundial de terabytes de habla humana» – 355). El botín, no es tanto lo que decimos (¡que también!), sino cómo lo hacemos: la estructura de nuestra habla e ideas, el vocabulario, la pronunciación, la entonación, la cadencia, la inflexión, el dialecto. Y, todo ello (¡como no!), para tener acceso a nuestras emociones y personalidad.

U, otro ejemplo: ¿se imaginan que alguien pudiera saber lo que han leído (Amazon/Kindle), la música que han escuchado (Spotify, Youtube) o las películas que han visto (Youtube, Netflix, HBO, etc.) en toda su vida? Sin duda, ese conocimiento es una puerta trasera (de fácil acceso para «ellos») a la evolución de su estado emocional, miedos, preocupaciones, identidad y/o ideología.

Esta diversificación de las arquitecturas extractivas aspira a garantizar unos nichos de producto, así como unas rutas y flujo constante de suministro (nuevas fuentes de excedente). Y, con este propósito, cualquier «aparatito» (un vigilabebés, por ejemplo) puede ser la puerta de acceso a un espacio de privacidad virgen susceptible de computación.

Así pues, ¡inundemos los espacios públicos y privados de sensores computacionales automatizados!

En el fondo, con la idea de «entender lo que queremos» y proporcionárnoslo al instante (179 y 241), los capitalistas de la vigilancia exigen que no hayan restricciones «territoriales» que limiten la caza de nuestros datos en la sombra.

En síntesis, las condiciones de este nuevo paradigma es que ningún ámbito debe quedar eximido de este saqueo (¡incluido un juguete o la basura!). Y, además, debe mantenerse la gratuidad de los suministros de materia prima, así como habilitar espacios inmunes (o cortafuegos) a la acción de la Ley.

 

El rastreo implacable «consentido» (o la resignada rendición)

Ordenadores, teléfonos móviles, tarjetas de crédito, cámaras y sensores en espacios públicos y privados «registran y codifican los detalles de nuestra vida diaria en una escala que nos habría resultado inimaginable hace apenas unos años» (ZUBOFF, 251).

Lo paradójico es que el hecho de que (113) alguien sepa lo que estamos pensando, sintiendo y haciendo en un momento y lugar concreto, no sólo nos causa asombro, sino que, incluso, es motivo de admiración. Lo que evidencia el «profundo entumecimiento psíquico al que nos ha habituado tan audaz e inaudito cambio en los métodos capitalistas».

Como les digo a mis alumnos, si se dieran cuenta de mi presencia en todos los lugares a los que van (incluido su hogar) y tratara de acercarme para inmiscuirme en sus conversaciones o fisgoneara en sus efectos personales, muy probablemente me verían como una amenaza y sería objeto de una denuncia.

En cambio (ZUBOFF, 141), la «desposesión digital» al que estamos subyugados, a pesar de abarcar nuestros cuerpos, pensamientos y sentimientos no nos compele a la reacción. Nuestra apatía es incomprensible.

Somos víctimas de una mezcla de estados que comprenden (sucesiva y/o simultáneamente) el acaparamiento, la habituación, la impotencia, la aceptación, la resignación y/o la rendición (ZUBOFF, 191 y ss).

Por ejemplo, lo que hace un tiempo era impensable (¿un micrófono en mi casa que me escuche/registre permanentemente?), pasamos a una fase de progresiva habituación y posterior aceptación; e, incluso, superando todas nuestras resistencias, acabamos siendo doblegados y convencernos de su inevitabilidad.

De hecho, estamos tan enganchados a algunas de las funcionalidades y servicios que «gratuitamente» se nos ofrecen que nos resulta difícil pensar que dejar de utilizarlos sea posible…

Pero lo cierto es que en aras a satisfacer las nuevas fuentes de suministro, los capitalistas de la vigilancia nos someten, cada vez más, a chantaje y coerción. El acceso a ciertos servicios/productos o a mayores funcionalidades de los mismos están condicionados a nuestra rendición a ser rastreados. Un (simple) botón de muestra: si utilizan el navegador Chrome (de Google), traten de hacer una búsqueda utilizando el perfil de «invitado». No podrán, salvo que se rindan y cedan a ser rastreados. Y, cada vez más (324),

«nos vemos forzados a adquirir productos de los que jamás podremos ser verdaderamente dueños, mientras que, con lo que pagamos por ellos, financiamos la vigilancia y la coerción a la que nos someten así quienes nos los venden».

Es posible que el sesgo de disponibilidad y de afecto (de los que les he hablado en diversas ocasiones) podrían explicar nuestra pasividad. Y, quizás, lejos de la alta consideración que tenemos de nosotros mismos, en en futuro nos recuerden como una generación (o era) de una inocencia sin par.

Y, no se engañen, los términos de uso y autorizaciones de cookies (si, aquello deliberadamente indescifrable y extenso, que nadie lee y que «aceptamos» compulsivamente) son, en realidad, los términos de la vigilancia a la que seremos sometidos.

 

¡Provoquemos conductas! (¡Resultados garantizados!)

El capitalismo de la vigilancia persigue imbricar la omniescencia digital en la vida diaria de forma tan íntima que consiga pasar totalmente desapercibida.

Y todo ello con el propósito (ZUBOFF, 137, 276, 313, 400 y 401) de alcanzar productos predictivos de alta calidad para acercarse a la certeza absoluta. De este modo se reducen los riesgos de los clientes a quienes se vende nuestras «conductas futuras». Así pueden dirigirse a sus clientes ofreciendo «resultados conductuales garantizados».

Por consiguiente, influir en la conducta real y conseguir que actuemos en consecuencia es la mejor garantía de que la predicción se cumple. De ahí que anticiparse a nuestros deseos, influir y provocar la modificación real de nuestro comportamiento (en secreto y con ánimo de lucro) sean indisociables del capitalismo de la vigilancia.

En definitiva, las imperfecciones (o la «racionalidad limitada» identificadas por H. SIMON / KAHNEMAN) y exploradas por la economía conductual (los famosos «empujones» o «nudges») son el pretexto para (490 y ss), en una versión mejorada del conductismo radical de SKINNER, desvelar las leyes de la acción humana y anular todo desvío del comportamiento gregario.

En el fondo, la proliferación de la tecnología, relegando la privacidad a un reducto marginal, aspira a reducir nuestra capacidad reflexiva, presentándose a sí misma como una fuerza de la naturaleza inevitable.

Y esta arquitectura de la ejecución dirigida a moldear nuestro comportamiento a demanda puede articularse a través de la gamificación, la empatía, la imitación y/o la sugestión.

¡Somos engatusados sin ser conscientes de ello!

Es obvio que con estas estrategias se cercena nuestra autonomía, la posibilidad de decidir nuestro rumbo (ver al respecto , HARARI, 373 y ss., o MOROZOV, 351 y ss.). En definitiva, se nos coarta la incertidumbre y, por consiguiente, la posibilidad de disponer de alternativas entre las que elegir. Sin olvidar que, como ya se ha apuntado, al reducir la posibilidad de equivocarnos, también redunda negativamente en nuestra capacidad creativa.

En definitiva, la intensificación continua de los medios de modificación conductual, supone una violación de lo que ZUBOFF (443 y ss) denomina el «derecho a un tiempo futuro».

En cambio, en el capitalismo de la vigilancia, nuestra voluntad es una amenaza para el flujo de ingresos. Lo que, como expondré, tiene un efecto corrosivo profundo en nuestra democracia.

 

¡No es un proceso inevitable!

No se confundan, todo lo descrito no es un proceso «inevitable» (no es un «resultado inherente a la implantación de la tecnología digital, ni tampoco ninguna manifestación inevitable del capitalismo informacional» – ZUBOFF, 122).

Tampoco es el peaje que deba pagarse para la prosperidad de nuestra sociedad.

La tecnología es una invención del ser humano y, por consiguiente, en vez de complacer el insaciable «interés de otros», podría orientarse a satisfacer el de cada uno de nosotros.

 

La democracia amenazada

Como apunta GRAY (103 y 100), el panóptico virtual fruto de «progreso tecnológico ha dado vida a un sistema de vigilancia de mucho mayor alcance que cualquiera que BENTHAM hubiera podido concebir».

De hecho,

«el control tecnológico casi ubicuo es consecuencia del declive de las sociedades cohesivas que se ha producido junto con la creciente demanda de libertad individual.

Puede que cierto grado de intimidad sobreviva como un producto de lujo. Codificando partes de su vida, los ricos tal vez puedan crear para sí mismos una libertad que en el pasado muchas personas poseían sin realizar semejante esfuerzo. Para el resto, la pérdida de intimidad es el precio del individualismo. Cualquiera puede alcanzar una fama momentánea, pero hoy en día quince minutos de anonimato se han convertido en un sueño imposible para casi todo el mundo».

El imperativo predictivo y la arquitectura de ejecución recién descritos muestran una de las principales amenazas a nuestra libertad (y, derivadamente, a la democracia). Y debería preocuparnos.

En la medida que lo impredecible resta certeza al producto predictivo, debe ser evitado a toda costa porque equivale a ingresos perdidos (ZUBOFF, 213).

Desde este punto de vista, la autonomía individual (el libre albedrío) es un obstáculo que debe ser neutralizado. Los «datos oscuros», esto es, aquello no rastreado, debe salir a la luz y ser cognoscible. Debemos sacrificar nuestra libertad para posibilitar la acción y el conocimiento colectivo impuesto por otros. De modo que toda «fricción» (especialmente, la de origen individual) debe ser superada.

Y los encargados de pastorear a los rebaños humanos a partir de la nueva «matemática social» son la nueva casta sacerdotal tecnológica (astronómicamente compensanda) y sus máquinas.

A diferencia del totalitarismo, que obró valiéndose de los medios de la violencia (482, 483 y 472), la instrumentalización de la conducta a efectos de su modificación, predicción, monetización y control, describe un nuevo poder: el instrumentarismo.

Y el colectivo humano a él sometido es la «sociedad instrumentaria», en el que (571 y ss), como principios generales (defendidos por PENTLAND, su «física social» y «sociómetros»), pueden destacarse los siguientes: la conducta individual está sometida a un interés superior; la política es sustituida por planes predictivos basados en la verdad computacional; y la presión social debe converger hacia la armonía mediante la empatía.

En definitiva (587),

«una colmena de máquinas en la que nuestra libertad se sacrifica en un interés del conocimiento perfecto, administrado en provecho de otros».

Aunque estos principios acarrean la muerte de la individualidad y la vida en la colmena, no se trata de un «totalitarismo digital», porque persigue objetivos y medios claramente diferenciados del totalitarismo: es indiferente a la conversión de nuestra alma y tampoco aspira a inculcarnos ningún principio superior. Le basta con saber que lo que hacemos (lo que sea) es accesible a los efectos de configurar su producto predictible garantizado.

Sin embargo (483), es «tan alarmante, incomprensible y nuevo para el relato de la historia humana como lo fue el totalitarismo para sus testigos y sus víctimas en su tiempo (…). El instrumentarismo es un proyecto de mercado que, en convergencia con lo digital, alcanza a su propia y singular forma de dominación social».

En opinión de ZUBOFF (679 y 683 y ss.)

«el capitalismo de la vigilancia debe ser entendido como una fuerza social profundamente antidemocrática (…). Es una forma de tiranía que se nutre de las personas, pero no es de las personas».

Y dado que es un fenómeno sin precedentes (pues, posibilita unas concentraciones exclusivas e ingentes de conocimiento y poder), no puede esperarse que los instrumentos legales a nuestro alcance sean capaces de protegernos de forma integral frente a lo inédito.

 

Las cobayas de la nueva distopía

Quizás piensen que estamos lejos de esta distopía en que consistiría esta vida en la colmena (más propia de la descrita en «Walden Dos» de SKINNER que de «1984» de ORWELL).

No obstante, lejos de esa impresión, tengan en cuenta que (como apunta ZUBOFF, 589 y 591),

«sin saberlo, hemos enviado a los menos formados y más vulnerables a explorar la colmena y a colonizar sus ignotos territorios. Y ahora sus mensajes nos llegan, cual filtraciones, desde el otro lado de la frontera».

Nuestros adolescentes, ansiosos de vida en colmena a través del contacto con otros, son «nuestros canarios en la mina de carbón» de la sociedad instrumentaria.

Y, en este sentido, son diversos los estudios que alertan de la capacidad de las redes sociales para aguijonear las necesidades psicológicas de la gente joven (la denominada generación «IGen») en una etapa vital de construcción de su individualidad.

La descripción llevada a cabo ZUBOFF (capítulo 16) o HAIDT/LUKIANOFF (capítulo 7) al respecto, es particularmente preocupante (y debo admitirles que, si tienen hijos, resulta angustiante), pues (617 y 619),

«la desconexión digital activa en los individuos un patrón de abrumadora ansiedad y desorientación, mientras que la conexión en sí está envuelta en nuevas ansiedades que, por paradójico que parezca, dejan en muchos casos una sensación de aislamiento, limitación y depresión (…). Este medio mental y emocional parece ser el caldo de cultivo de un virus de inseguridad y ansiedad que hunde cada vez más a muchos jóvenes en ese bucle cerrado de compulsión en aumento, al tiempo que buscan ansiadas señales de valoración en las que tratan de hallar alivio».

La ausencia de «likes» (608), no sólo es doloroso en privado, sino que se ha convertido en una condena pública insoportable. Quizás, no sea exagerado pensar que la naturaleza humana pueda estar amenazada.

 

COVID-19 y privacidad

En un contexto caracterizado por la incertidumbre, el miedo y la ansiedad, es razonable pensar que las personas exijan, en un primer estadio, más seguridad a cambio de aceptar importantes restricciones de sus derechos. Aunque, como apunta KRASTEV (89), y a diferencia de los Estados Unidos, tras el 11-S, los europeos no aceptaron este canje.

No obstante, siguiendo con el mismo autor (23, 24, 55, 79 y 81), en una pandemia (en la que el miedo infecta a la sociedad), la privacidad podría ser una de las sacrificadas en favor de la salud pública. De hecho, ya lo ha sido y de forma por todos visible (y comprensible), en aras a contener la propagación y preservar la salud.

En este contexto, como sucedió tras los atentados de las torres gemelas (ZUBOFF, 158 y ss.), es obvio que el capitalismo de la vigilancia podría aprovechar la oportunidad para, arropados por el Estado (como sucedió en Estados Unidos), colonizar nuevos territorios de minería humana hasta la fecha absolutamente vetados.

Y creo que la idea de KRASTEV (20), de que el COVID-19 podría operar más como amplificador que como un agente de cambio, es perfectamente aplicable al capitalismo de la vigilancia.

 

Y, a partir de ahora, ¿qué podemos hacer?

Comparto con ZUBOFF (134) que percibir una tarifa compensatoria (una «institucionalización de los precios») por el uso de nuestros datos con este nivel de intrusismo sería obsceno.

Incurriríamos en un error de concepto, pues, se estaría legitimando

«la extracción de la conducta humana para los fines de fabricación y venta. Ignoraría una cuestión clave, como es que la esencia de la explotación en este caso radica en la rendición y transferencia de nuestras vidas, convertidas en meros datos conductuales cuyo objetivo es que otros adquieran un control más perfeccionado de nosotros».

Partiendo de la base de que (145) la «inteligencia de máquinas está limitada por el volumen de la dieta de datos que se les suministre», como individuos podemos adoptar algunas medidas para protegernos:

Desinstalación de aplicaciones, la encriptación de nuestra información, el reclamo de la propiedad de nuestros datos, un consumo menos bulímico de las redes sociales o la baja de las mismas, ciertas cautelas en la navegación (por ejemplo, empleando buscadores como qwant.com respetuosos con la privacidad) y la adopción de un posicionamiento crítico con los productos SMART.

Con estos gestos conseguiríamos, al menos, interrumpir el flujo constante de nuestros datos (dificultando el acopio del excedente conductual).

A la espera de la evaluación de la efectividad de los instrumentos legales a nuestra disposición (en Europa, el nuevo Reglamento de Protección de Datos), es obvio que la ilegalización de las operaciones extractivas provocaría la implosión del modelo de vigilancia. Y deberíamos exigir que así fuera.

Sin embargo, estos colosos, con ingentes recursos y poder y acompañados por el mejor talento intelectual de nuestro tiempo, aspiran a contrarrestar cualquier iniciativa en esta dirección. Se han propuesto fabricar un «artificial consentimiento colectivo» (149) y seducir y doblegar la democracia para alcanzar sus fines (sin olvidar que mantienen con nuestros Gobiernos una interdependencia y magnetismo mutuo).

En todo caso, comparto  con ZUBBOFF (463) que, convendría que retiráramos nuestra aceptación de los fines y métodos del capitalismo de la vigilancia. Y, como primer paso, deberíamos (528 y 687 y ss.) «reverdecer nuestro asombro y compartir una sensación de indignación justificada», en aras a reconducir lo digital a «fórmulas genuinamente productoras de vida eficaz y compatibles con un orden social democrático floreciente».

Y, del mismo modo que los movimientos proletarios de la industrialización, la conformación de un sujeto colectivo debería convertirse, de nuevo, en la fricción (tratando de evitar lo que KRASTEV – 71 – denomina «clictivismo barato», propio del activismo en línea – entre otras cosas, porque no dejaríamos de alimentar el flujo de datos).

No lo olviden, somos víctimas de un escandaloso abuso.

 

 

 

 


Nota: a la luz de lo expuesto, un gesto tan simple como apagar el teléfono se ha convertido en un verdadero acto revolucionario.

Y, aunque al principio puedan sentirse desamparados e inseguros, les sugiero que lo hagan de vez en cuando, no sólo preservarán su privacidad, sino que se sentirán (verdaderamente) más libres.

 

 

 

 

Bibliografía citada

  • AKERLOF, G. A. y SHILLER, R. J. (2015). La economía de la manipulación, Deusto.
  • BECK, H. (2019), Errar es útil, Ariel.
  • CARR, R. (2011), Superficiales, Taurus.
  • GRAY, J. (2015), El alma de las marionetas, Sexto Piso.
  • HAIDT, J. y LUKIANOFF, G. (2019), La transformación de la mente moderna, Deusto.
  • HARARI, Y. N. (2016), Homo Deus, Debate.
  • KRASTEV, I. (2020), ¿Ya es mañana?, Debate.
  • MOROZOV, E. (2015), La locura del solucionismo tecnológico, Katz.
  • PEIRANO, M. (2019), El enemigo conoce el sistema, Debate.
  • PENTLAND, A. (2010), Señales honestas, Milrazones.
  • SANDEL, M. J. (2013), Lo que el dinero no puede comprar, Debate.
  • STEPHENS-DAVIDOWITZ, S. (2019). Todo el mundo miente. Capitán Swing.
  • ZUBOFF, S. (2020), La era del capitalismo de la vigilancia, Paidós.

 

 

 

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