COVID-19, confinamiento y adaptación hedónica

 

Parece ser (siguiendo ARIELY, 149 a 180) que, durante el Siglo XIX, a medida que el avance del estudio de la psicología avanzaba, proliferaron diversos experimentos con pequeños animales para conocer su capacidad de adaptación a los cambios ambientales.

Uno de lo más «populares» consistía en sumergir a ranas en agua caliente. Parece ser que, si la temperatura es muy alta, en el momento que se introduce al pobre animal en el agua, reacciona súbitamente y salta de inmediato. Sin embargo, si la temperatura es mucho menor, la rana permanecerá apaciblemente. Y seguirá en esta situación a pesar de que vaya aumentando lentamente, pues, se aclimatará. Según la exposición de ARIELY, si se sigue aumentando la temperatura, la rana acabará muriendo hervida.

Pues bien, aunque ha sido utilizado como metáfora para exponer diversos fenómenos (y, en especial, para mostrar la ceguera humana ante determinados contextos), este experimento es (150)

«la quintaesencia del principio de adaptación. La premisa general es que todas las criaturas, incluidos los seres humanos, pueden acostumbrarse a casi todo con el tiempo».

Salvando las distancias con el experimento descrito y sin pretender identificar nuestras casas con una olla con agua hirviendo (ni tampoco querría que a partir de ahora lo piensen así), me gustaría compartir algunas reflexiones sobre el confinamiento provocado por el CODIV-19 y nuestra capacidad de adaptación.

Si en el mes de enero nos hubieran preguntado si seríamos capaces de estar encerrados durante varias semanas (solos o en compañía), seguramente, hubiéramos dudado de nuestra resistencia y pronosticaríamos que no lo soportaríamos.

Es cierto que, hoy por hoy, desconocemos los efectos psicológicos que la situación que estamos experimentando puedan acarrear a corto, medio o largo plazo. Y también es evidente que las circunstancias personales hacen que cada situación individual sea absolutamente singular (y los efectos derivados también).

En definitiva, de lo que les pretendo hablar es de las situaciones de confinamiento que no estén estrictamente motivadas por el aislamiento exigido por una persona que tiene el COVID-19 ni tampoco aquellas situaciones en las que el malestar personal sea muy «doloroso» (próximo, por ejemplo, a la depresión).

 

La adaptación física

Lo cierto es que, del mismo modo que las ranas, los seres humanos tenemos «una asombrosa capacidad para adaptarnos físicamente a distintos entornos».

Muchos de nuestros sentidos tienen esta capacidad. Por ejemplo, la visión puede adaptarse con relativa facilidad a los cambios en la intensidad luminosa, de modo que nuestros ojos se adaptan a las nuevas condiciones de luz en poco tiempo. Y algo similar, puede pasar con el olfato, al aproximarnos a un perfume o a una pastelería, pues, al cabo de un tiempo (151) «dejamos de prestar atención hasta que, en algún momento, nos adaptamos (…) y nos resultan casi imperceptibles».

Esta capacidad para adaptarnos a la luz o a los olores son sólo algunos ejemplos de nuestras habilidades adaptativas generales.

Pues bien, a mi entender, lo verdaderamente interesante es que (151) el «cuerpo humano es un maestro de la adaptación en muchos niveles» y esto sucede porque,

«tenemos una capacidad limitada de atención disponible para observar y aprender cosas sobre el mundo circundante (y la adaptación es un sistema de filtro de lo nuevo muy importante que nos ayuda a concentrar nuestra limitada atención en los cosas que cambian a nuestro alrededor y que, por consiguiente, pueden suponer oportunidades o peligros). La adaptación nos permite estar atentos a los cambios importantes entre los millones de cambios que se producen a nuestro alrededor constantemente, e ignorar los que son irrelevantes».

En todo caso, como expone KAHNEMAN (367), en el marco de la teoría de las perspectivas, nuestra adaptación está asociada al «principio de disminución de la sensibilidad». Y esta

«es aplicable tanto a dimensiones sensoriales como a la evaluación de los cambios en nuestro patrimonio. Encender una luz muy tenue produce un gran efecto en una habitación oscura. Pero ese mismo incremento de la luz puede resultar indetectable en una habitación bien iluminada. Parejamente, la diferencia subjetiva entre 900 y 1.000 dólares es mucho menor que la diferencia entre 100 y 200 dólares»

 

La adaptación hedónica y nuestra incapacidad de predecir el futuro

La adaptación hedónica (ARIELY, 152 y 161) también es un tipo de adaptación y está «relacionada con la respuesta a las experiencias dolorosas o placenteras» y, en concreto, a una estabilidad emocional, esto es, «al momento en que las percepciones iniciales negativas y positivas desaparecen».

Por ejemplo, como tuve oportunidad de exponer en las redes sociales y les ruego que no lo interpreten como una crítica a la educación musical, hace unos días cuestionaba la oportunidad de que mis hijos tuvieran que aprender a tocar con la flauta la primera canción del curso (en concreto, «Hakuna Matata»).

En definitiva, dudaba que, a pesar del delicioso empeño y pasión de los artistas, en un estado de confinamiento, fuera lo mejor para la estabilidad emocional de la familia y, sobre todo, el equilibrio mental paterno…

Lo curioso (e interesante a los efectos de lo que les expongo) es que el tormento (y «dolor») sufrido fue menguando paulatinamente a pesar de que la calidad de la «interpretación» no progresaba a la misma velocidad.

Nuestra capacidad limitada para hacer buenas predicciones a futuro (como les expuse en «Planificación del futuro, control y ansiedad«) hace que nos resulte muy difícil imaginar que, finalmente, nos acabaremos adaptando al «dolor» (o el malestar) que experimentamos en el presente. De hecho, inicialmente, podemos acabar pensando que seremos incapaces de adaptarnos o de predecir cuándo lo haremos.

Pero lo mismo sucede con el placer: la satisfacción por llevar unos zapatos nuevos no es permanente en el tiempo, sino que su intensidad se va disipando progresivamente.

Como expone ARIELY (163),

«una de las razones por las que nos resulta difícil predecir el alcance de nuestra adaptación hedónica es que cuando hacemos predicciones no solemos tener en cuenta el hecho de que la vida continua y de que, con el tiempo, otros acontecimientos (tanto positivos como negativos) intervendrán en nuestra sensación de bienestar».

Y, lo cierto es que nuestra capacidad de adaptación hedónica (positiva o negativa) es muy rápida. La «adaptación emocional» que la adaptación hedónica acarrea hace que podamos habituarnos a los cambios de expectativas y de experiencia.

Es posible que en estas circunstancias, a nuestra incapacidad para hacer buenas predicciones sobre el futuro se le una lo que KAHNEMAN denomina (525), la «ilusión de focalización«, es decir, el error de atribuir una creencia exagerada a una determinada circunstancia. Y, de nuevo, la esencia de esta ilusión es el WYSIATI (recuerden: «todo lo que ven es todo lo que hay«), de modo que damos mayor peso a una determinada circunstancia (por ejemplo, estar confinados) y muy poco a todos los demás factores determinantes del bienestar.

Y, en el caso del confinamiento, esto no quiere decir que percibamos que la situación vaya mejorado con el paso del tiempo (pues, no lo ha hecho), sino que sólo percibamos que la situación no es positiva cuando pensamos en ello. De modo que cuando no lo hacemos, no tenemos esa percepción negativa, porque centramos la atención en otras cosas.

Esto es, nuestra atención disminuye a medida que la nueva situación va haciéndose más familiar. Y, al respecto, KAHNEMAN añade (527),

«la adaptación a una nueva situación, sea buena o mala, consiste en gran parte en pensar cada vez menos en ella. En este sentido, la mayoría de las circunstancias duraderas de la vida, como la paraplejía y el matrimonio, son estados a tiempo parcial en que uno siente hallarse solo cuando les presta atención».

 

Una valoración final

En situaciones negativas, la adaptación hedónica es claramente positiva. Y conviene dejar que siga su curso natural. En estos casos, es probable que el dicho «el tiempo lo cura todo» sea cierto.

Así pues (y de un modo similar a como aconseja ARIELY, 180), si detectan que en casa la temperatura ambiente va aumentando «peligrosamente», ya saben, no hagan como la rana, y vayan a sacar la basura o (los más afortunados) a pasear a sus mascotas!

En todo caso, cuídense!

 

 

PD: Ah! Y, aunque probablemente les traiga sin cuidado, ya hemos «entregado» los deberes de música.

La «interpretación» es (literalmente) memorable…

 


Bibliografía citada

  • ARIELY, D. (2011). Las ventajas del deseo. Ariel. 
  • KAHNEMAN, D. (2012). Pensar rápido, pensar despacio. Debolsillo.

 

Finalmente, les recuerdo que en este enlace puede acceder a todas las entradas publicadas en relación al COVID-19 y en este a la síntesis cronológica de todos los RDLey aprobados.

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