A propósito de la imbecilidad

 

 

 

Limitaciones del cerebro y muletas cognitivas

El predominio de los procesos inconscientes llevó a KAHNEMAN a proponer su célebre explicación sobre el funcionamiento metafórico del cerebro, distinguiendo entre el «sistema 1» (pensamiento rápido, automático y no reflexivo) y el «sistema 2» (pensamiento lento, deliberado y razonado).

Ya les he hablado en más de una ocasión que se estima que, al menos, el 95% de nuestra actividad cerebral discurre por debajo del nivel consciente.

Esta preponderancia aplastante del «sistema 1» (el «sistema 2» sería el actor secundario que se cree el protagonista) y, en especial, los errores sistemáticos provocados por las heurísticas que subyacen en el funcionamiento del inconsciente (en definitiva, «saltos en el razonamiento»), ha derivado, en los últimos tiempos, en dos grandes propuestas de actuación.

En efecto, el conocimiento creciente sobre los famosísimos sesgos y los consiguientes problemas del homo sapiens para tomar decisiones en contextos de incertidumbre, es lo que ha impulsado, por un lado, los conocidos como nudges (o «empujoncitos»); y, por otra parte, la automatización cognitiva.

Aunque KAHNEMAN siempre fue reacio a concluir que el protagonismo del «sistema 1» pudiera identificarse con la idea de que el homo sapiens actúa de forma preeminentemente «irracional» (prefería hablar – siguiendo a Herbert SIMON – de «racionalidad limitada»), lo cierto es que, en una visión de conjunto más amplia, el avance progresivo de la técnica ha hecho que la supervivencia esté anudada a atributos humanos cada vez menos exigentes.

De hecho, esto es visible, desde los primeros estadios del avance de la técnica. Por ejemplo, una simple sierra ha permitido al homo sapiens a acceder a madera (y moldearla) sin necesidad de acumular una fuerza portentosa para derribar un árbol y/o sin tener una agilidad felina para acceder a las ramas más débiles para romperlas. Los últimos siglos (y, en particular, los dos últimos) son la crónica de una historia de avances prodigiosos en forma de ideas y/o herramientas.

La irrupción de la inteligencia artificial (y, en particular, la generativa y la agéntica) es, hasta el momento, el último episodio de este proceso. En mi caso, gracias a ella, puedo aspirar a descifrar y manejar información que, hasta hace poco, había permanecido absolutmente inaccesible para mí: me ha permitido superar mis limitaciones y puedo atreverme a «programar» y mantener un diálogo con mi ordenador (o, mejor dicho, «balbucear» con él). También puedo aspirar a descifrar información que había permanecido tras el velo de la ignorancia, por estar escrita en lenguas totalmente desconocidas por mí (alemán, noruego, ruso, japonés, chino, etc.).

A nadie debería sorprenderle que, en este contexto, el concepto de «inteligencia» esté ahora mismo en el centro del debate científico e intelectual. No sólo porque es lógico que nos preguntemos si es un atributo que deberíamos otorgárselo a «cerebros de sílice»; sino también porque el marco en el que se ha desarrollado nuestra inteligencia también se está moviendo.

 

El predominio de la imbecilidad

Teniendo en cuenta todo lo anterior, me gustaría compartirles la tesis del Pino APRILE (Nuevo elogio del imbécil), sobre la evolución de la inteligencia humana, aunque no la formule en el contexto que les acabo de exponer (y también les invito a su lectura, porque creo que no les defraudará).

En (muy apretada) síntesis, con una fina ironía y desternillantes gotas de humor (tono con el que espero que lean lo que les voy a exponer a continuación), su hipótesis es la que sigue: la inteligencia humana, no sólo ha dejado de ser evolutivamente necesaria, sino que está siendo aniquilada por la imbecilidad (siguiendo el mismo proceso de eliminación que otras características humanas caducas).

Según él, nuestra historia evolutiva y cultural y social son testimonios evidentes de esta decadencia.

En términos evolutivos, el cerebro ha dejado de crecer desde hace miles años para poder pasar por el conducto pélvico de la madre. De modo que, sobrevivimos gracias a nuestros antepasados más estúpidos; aquellos con cerebros más grandes, simplemente morían en el parto: «gracias a sus insignificantes cocorotas, los menos dotados de la especie, y solo por eso, por tener menos luces que sus hermanos, eran premiados con la vida y con la tarea de transmitirla». La inteligencia permitió al ser humano superar sus carencias físicas «de serie»; y, lo hizo hasta el punto máximo que ya no podía crecer más. A partir de este instante (en tanto que el futuro de la especie ya estaba garantizado), apostó no tanto por la calidad (de nuestro cerebro), sino por la cantidad de individuos.

En el plano cultural y social, no les sorprenderá si les digo que los imbéciles proliferan en nuestra sociedad e, incluso (según el conocido «principio de Peter» [1]), son muchos los que ocupan prominentes cargos de responsabilidad (lo que hace que me pregunte si no estaré ocupando uno que supera, con creces, mis aptitudes – para verificarlo, es mejor que se lo pregunten a mis compañeros de la facultad).

De hecho, el problema (la imbecilidad, en sus diversas manifestaciones) no es nuevo y ha sido abordado desde muchos puntos de vista en la historia de la humanidad. Por ejemplo, desde la psicología de la conducta, desde hace décadas, se ha acostumbrado a identificar (de forma irónica) nuestro «sistema 1» predominante con el entrañable Homer SIMPSON. De ahí (esto es, debido a que actuamos como él muchas más horas de las que serían razonables) que nos hayamos empeñado en crear muletas cognitivas de todo tipo para sacarlo del pozo de la ignorancia (o, si lo prefieren, de la estupidez o de la imbecilidad).

Si bien es cierto que el ingenio fue un atributo imprescindible durante las primeras etapas de la humanidad, precisamente, la eusocialidad y la cultura han hecho que ya no sea tan importante (o esté en claro retroceso). En efecto, el ser humano ha sido dotado de una extraordinaria capacidad de transmisión cultural. Lo que resulta ser una diferencia verdaderamente determinante si se compara con otras especies (que no pueden compartir conocimientos de una generación a otra; o lo hacen de forma muy limitada o rudimentaria). Siguiendo a APRILE (y – reitero – espero ser capaz de acercarme al tono elegantemente irónico que imprime a su razonamiento), esta facultad para transmitir conocimiento, lo que en realidad ha acabado posibilitando es que un mayor número de imbéciles sobrevivan. Sin el conocimiento de los genios que les han precedido y la transmisión de su conocimiento de generación en generación, hubieran perecido por su incapacidad para adaptarse a los desafíos del entorno de cada momento: «solo la cultura permite que todos los miembros de la comunidad estén a la altura de los mejores y disfruten de unas condiciones de vida que no habrían podido alcanzar por su propio esfuerzo, resolviendo problemas que superan sus capacidades».

De modo que se da un efecto paradójico: «la inteligencia trabaja en beneficio de la estupidez y contribuye a expandirla». Pero una vez alcanzado este umbral, la inteligencia deja de ser necesaria.

Además, un breve repaso histórico permite constatar que la inteligencia ha sido un atributo singularmente perseguido por sistemas políticos de todo tipo, en forma de furia niveladora a la baja (según APRILE: «el poder de una organización social humana es tanto más fuerte cuanto mayor es la cantidad de inteligencia que destruye»; «en la democracia de la que tan orgullosos estamos, el voto de unos cuantos merluzos pesa lo mismo que el de Enrico FERMI y sus discípulos, que revolucionaron la física contemporánea»; o bien, «el cerebro da miedo, desencadena la agresividad en quien no tiene o tiene menos»).

A nivel social, la característica que califica a una organización, «la hace existir y la distingue de las demás es la competencia más estúpida que se requiere para formar parte de ella, no la que se exige a los miembros más dotados» (para ser hincha de un equipo de fútbol, es suficiente saber gritar el nombre del equipo – y, a veces, ni eso).

Aunque resulte incómodo admitirlo, si lo anterior es cierto, a nadie debería sorprenderle que los imbéciles, lejos de desaparecer, no sólo sean en número muy superiores a los que la selección darwiniana predeciría para otras especies, sino que no paran de crecer. Especialmente porque la genialidad es un atributo muy (muy) escaso y, además, no es infrecuente que los genios tiendan a ser estériles. Por otra parte, cuando emerge una persona muy brillante, la cultura permite expandir estas escasas gotitas de genialidad a todos los humanos (incluida la mayoría imbécil, alimentando que sigan creciendo todavía más).

En la perspectiva que ofrece los eones en los que se desarrolla la liga evolutiva de las especies, todo esto debe querer decir alguna cosa: parece que la sabia naturaleza nos está avisando que la inteligencia ya no es un atributivo positivo en aras a garantizar nuestra supervivencia; y que, quizás, en un planeta superpoblado, otros atributos (¿la fuerza bruta?) van a acabar siendo más importantes para sobrevivir. De modo que, como apunta APRILE, «debemos reconsiderar la idea del imbécil: aunque lerdo, nos lleva ventaja; no entiende nada, pero está listo para el futuro. En cambio, el genio, que lo entiende todo, no advierte, paradójicamente, que su inteligencia, es un trasto viejo, cosa del pasado. Y peligrosa. O puede que el hombre sea ya una herramienta vieja para la inteligencia».

 

La inteligencia artificial (o la estocada final)

En un futuro no muy lejano, es muy probable que saber comunicarse con los ordenadores (empleando el lenguaje de la programación) sea absolutamente necesario para poder tener alguna opción de supervivencia y progreso. Pues bien, la IA ha permitido que personas absolutamente analfabetas en este lenguaje (como quien les escribe) puedan tener alguna (remota) oportunidad de interactuar con ellos (aunque sea a base de «monosílabos» de ceros y unos).

De hecho, aunque me siento muy orgulloso de mi nueva habilidad, lo cierto es que (una vez superado el entusiasmo inicial) no puedo decir que haya aumentado mi inteligencia en términos netos. Sigo sin tener remota idea de lo que hago con mi ordenador (ni qué lo hace posible). Hago «cosas» a través de un intermediario de sílice que, gracias a un proceso que ni comprendo ni puedo acceder ni explicar, «estimula» a mi máquina; y, casi por arte de magia, veo que mi propósito se corporiza.

En todo caso, esta «maravilla» no es gratis. Como si fuera un pacto fáustico, esta facilidad para alcanzar mi propósito (que mi ordenador haga «algo» que deseo), de hecho, ha aniquilado mi anhelada ilusión de aprender programación. Para las cosas que quería hacer, ya no necesito tener esta habilidad. De modo que, claramente, me he empobrecido (y, al copiar la idea de un tercero, también empobrezco a la sociedad porque no pongo a mi intelecto a funcionar).

Seguro que más de uno de ustedes piensa que esto, a fin de cuentas, es positivo (pues, podré dedicarme a hacer otras cosas). No obstante, respecto de las otras cosas que podré hacer con esta bolsa de tiempo que he liberado y, especialmente, respecto de las que hasta la fecha sabía hacer (incluso, las que hago bien), también tendré que andarme con cuidado. No tengan ninguna duda que, si me paso en el uso de la IA (como ha sucedido con el asistente que me ayuda a aparcar mi coche), padeceré una galopante atrofia cognitiva. Y, si bien podía calificarme como una persona inteligente porque sabía hacer algunas cosas (aunque me familia está convencida que aparco fatal), con el paso de los años, dejaré de serlo (y me convertiré en un imbécil – hoy es especialmente visible cuando utilizo un coche sin asistente).

Sólo si las personas mantienen un compromiso estoico y, pese a no necesitarlo, siguen entrenando y perfeccionando sus facultades cognitivas, el entumecimiento psíquico (la imbecilidad), lenta e inexorablemente, ira ocupando espacios cada vez más amplios de su red neuronal.

Todo ello (es decir, el carácter recesivo de la inteligencia y la irrupción de la inteligencia artificial), me lleva a una última reflexión conclusiva: ¿podría ser que, en su infinita sabiduría, la naturaleza haya dado a los últimos lumbreras de la humanidad la capacidad de crear un utensilio pensado para darnos la estocada final y así garantizar nuestra imbécil supervivencia?

 

 

 

 


[1]  Este principio, así llamado por la persona que lo formuló, Lawrence Peter, dice: «En una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia; por lo tanto, todos los puestos están destinados a que los ocupe un inepto».

 

 

#AIFree

 

 

1 comentario en “A propósito de la imbecilidad

  1. Es una teoría plausible para lo que está ocurriendo en el mundo.
    No encontraba ninguna, igual es cosa de mi propia imbecilidad.
    Magistral.

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