A propósito del 1 de mayo: (apuntes) sobre el futuro del trabajo

 

En numerosas culturas (especialmente, las que han alcanzado la complejidad de la “civilización”), no es infrecuente que el trabajo sea concebido como una maldición que debe ser evitado a toda costa (CSIKSZENTMIHALYI, p. 218).

No obstante (siguiendo con el mismo autor, p. 219), existen numerosas evidencias de que, aunque pueda ser duro (o más duro que no hacer nada), puede ser agradable e, incluso, a menudo puede llegar a ser la parte más agradable de la vida. Y ello con independencia del carácter más o menos cualificado de las tareas que se desarrollen.

Y esta afirmación está ligada al concepto de “flujo” propuesto por el citado autor. En efecto, éste se refiere (p. 16)

“al estado en el cual las personas se hallan tan involucradas en la actividad que nada más parece importarles: la experiencia, por sí misma, es tan placentera que las personas la realizarán incluso aunque tenga un gran coste, por el puro motivo de hacerla”.

O, como apunta KAHNEMAN (p. 60), sintetizando los descubrimientos del citado autor, lo describe del siguiente modo:

«Las personas que experimentan ese fluir lo describen como ‘un estado de concentración sin esfuerzo y tan profundo que pierden su sentido del tiempo y de sí mismas, y olvidan sus problemas'».

De hecho, (CSIKSZENTMIHALYI, p. 239, 244 y 245) diversos estudios evidencian que, a menudo, las personas dicen estar en situaciones de flujo en el trabajo y raramente lo están durante el tiempo de ocio, especialmente si es pasivo (esto es, carente de metas, retroalimentación, reglas y desafíos). De hecho, cuanto mayor es el desafío y las habilidades requeridas, mayor es la concentración, la satisfacción y la creatividad. Y no es infrecuente que experimentemos esta sensación mientras trabajamos (aunque, obviamente, no sólo en estas situaciones).

Probablemente sea una de las mejores formas para desarrollar las potencialidades humanas (p. 226).

A pesar de ello, también se ha constatado que, mientras trabajamos, tendemos a desear hacer otra cosa. Esta «paradoja del trabajo«, en opinión de CSIKSZENTMIHALYI (p. 240 y 241), podría explicarse, por un lado, porque tendemos a desatender la “calidad de la experiencia inmediata”; y, por otro, porque nuestra valoración sobre el trabajo está fuertemente influenciada por un determinado estereotipo cultural, que tiende a calificarlo como una imposición, una limitación o una transgresión de nuestra libertad (p. 241).

Teniendo en cuenta este estereotipo (y sin pretender ahondar en el origen del mismo o su carácter justificado o no), lo cierto es que el mismo podría explicar por qué todo avance tecnológico dirigido a aliviar esta carga es percibida como un gran mejora.

Antes de seguir con esta idea, conviene detenerse brevemente a evaluar el impacto que la invención de herramientas, incluso para la realización de las tareas más básicas, ha tenido en nuestra especie.

El cuerpo humano (CARR, p. 245), «en su estado prístino, sin adornos, es endeble. Está constreñido en cuanto a su fuerza, su destreza, su rango sensorial, su capacidad de cálculo y su memoria. Alcanza rápidamente los límites de lo que puede hacer».

Ahora bien, si se dota a un ser humano con una herramienta (LATORRE, p. 29), incluso, con un simple martillo o un hacha, es «equivalente a aumentar sus capacidades».

De modo que un «humano con un instrumento es un humano aumentado». Y, lo más maravilloso es que (CARR, p. 247), «la tecnología, al permitirnos actuar de maneras que van más allá de nuestros límites corporales, también altera nuestra percepción del mundo y lo que el mundo significa para nosotros».

Desde este punto de vista, la tecnología (CARR, p. 255) es percibida como un instrumento a nuestro servicio (una especie de «esclavo»). Percepción que, sin duda, ha alimentado el «sueño recurrente de la sociedad sobre la emancipación del trabajo» (y la tesis de ilustres pensadores y filósofos – Marx, Wilde o Keynes).

De modo que, si la tecnología nos alivia de aquellas tareas más tediosas, nuestra reacción natural no sólo es aplaudirla, sino, alentar a que nos provean de mayores avances para liberarnos de semejante yugo (y/o nos dejamos seducir sin cuestionarlos apenas).

Y, desde este punto de vista (como apunta CARR, p. 257), es difícil defender que deban establecerse límites a su expansión. Más tecnología es sinónimo de más libertad para ayudarnos a expandir nuestro ser; o, en aras a colmar nuestro insaciable hedonismo (LATORRE, p. 80), para gozar de simple entretenimiento (ocio).

Sin embargo, se producen tres efectos que convendría tener en cuenta en este proceso:

-Primero, como apuntaba en otra entrada, determinados avances tecnológicos tienden a convertirnos en meros observadores en el trabajo.

De modo que si la tecnología adormece nuestro talento, exigiendo muy poco de nosotros, es poco probable que seamos capaces de tener una experiencia de flujo en el trabajo, redundando en perjuicio de nuestro bienestar y/o felicidad. Si el disfrute en el trabajo está muy vinculado al incremento de la complejidad, todo avance tecnológico que nos convierta en meros observadores no hará más que entorpecer que alcancemos este estado.

-Segundo, como apunta CARR (p. 256), se produce un efecto paradójico, pues, cuánta más dependencia tenemos de nuestros esclavos tecnológicos más esclavos somos de ellos (confirmándose las valoraciones de Marx y Engels sobre la esclavización de los trabajadores por las máquinas).

Y añade (p. 257):

«la fe en la tecnología como fuerza autónoma benevolente y autocurativa es seductora. Nos permite sentirnos optimistas sobre el futuro mientras nos quita responsabilidad sobre ese futuro. Conviene especialmente a los intereses de aquellos que se han enriquecido extraordinariamente a través de la reducción del trabajo, centrada en los beneficios, producida por los sistemas automatizados y los ordenadores que los controlan». Esto es, la «emancipación humana en manos de esclavos informatizados que nuestras empresas benevolentes están creando».

-Tercero, siguiendo a LATORRE (p. 73), e incidiendo en una idea ya apuntada en otra entrada, al convertirnos en «humanos aumentados» gracias a las herramientas,

«nuestros cuerpos se han debilitado. Las máquinas hacen el trabajo duro por nosotros y, en consecuencia, nuestros músculos dejan de mantenerse fuertes y se atrofian».

Es obvio que ya no es necesario ser fuerte para nuestra supervivencia.

La cuestión es que, si las máquinas empiezan a hacer el trabajo intelectual por nosotros, también experimentaremos un declive intelectual (una simple calculadora es muy ilustrativa del potencial de esta predicción). De ahí que, como apunta LATORRE (p. 76), tengamos que estar «atentos a la consecuencia de construir máquinas que nos superan».

Especialmente porque, siguiendo con el mismo autor (p. 44), los humanos no hemos tomado nota de las implicaciones que tiene la creación de una tecnología profunda disruptiva (y el ejemplo de la bomba atómica es especialmente ilustrativo):

«Si no somos educados en nuestros errores pasados, difícilmente actuaremos de forma sabia en el futuro».

En efecto, la historia nos ha demostrado que no nos damos cuenta que (HARARI, p. 106 y 107) una vida más fácil puede liberar inmensas fuerzas de cambio que nadie imaginaba ni deseaba. Lo que, paradójicamente, puede conllevar muchas privaciones, generando nuevas obligaciones e incrementando nuestra dependencia y, con ellas, mayor ansiedad y una vida mucho más agitada.

Es ingenuo pensar que toda revolución tecnológica, per se, nos elevará a un estadio mejor o que la que se acabe imponiendo sea la más adecuada para nuestros intereses individuales.

 

Valoración final

A la luz de lo apuntado, quizás, deberíamos empezar a cuestionar (CARR, p. 259) si nuestros esclavos inanimados realmente van a guiarnos a una utopia de confort y armonía.

Teniendo en cuenta estos tres efectos, y sin pretender caer en el ludismo, (CARR, p. 262) es una falacia suponer que lo nuevo, por el mero hecho de serlo, “está mejor adaptado a nuestros propósitos e intenciones que lo viejo”. La tecnología debería evaluarse, en cambio, por su capacidad de amoldarse a nuestra experiencia con la naturaleza, la cultura y entre nosotros.

El valor de una herramienta (expone CARR en otro momento – p. 247) «bien hecha y bien utilizada reside no solo en lo que produce para nosotros, sino en lo que produce en nosotros. En su mejor versión, la tecnología abre nuevos caminos».

Así pues, permítanme que, para el cierre de esta entrada, reproduzca una reflexión de CARR (p. 259), pues la comparto íntegramente:

«puede que tengamos que poner límites a la automatización para asegurar el  bien estar de la sociedad en el futuro. Puede que tengamos que cambiar nuestra visión del progreso, poniendo el énfasis en el florecimiento social y personal en lugar de en el avance tecnológico. Puede incluso que debamos valorar una idea que ha llegado a ser considerada impensable, al menos en círculos empresariales: dar prioridad a las personas sobre las máquinas”

Lejos de planteamientos deterministas, de nosotros depende que así sea…

 

 

 

Nota: si quieren saber como se pronuncia «CSIKSZENTMIHALYI», KAHNEMAN (p. 60) tiene la bondad de facilitárnoslo: «six-cent-mihaly»


Bibliografía citada

  • CARR, R. (2016), Atrapados, Taurus.
  • CSIKSZENTMIHALYI, M. (1996). Flujo, Kairos.
  • HARARI, Y. N. (2015). Sapiens, Penguin Random House.
  • KAHNEMAN, D. (2012). Pensar rápido, pensar despacio. Debolsillo.
  • LATORRE, J. I. (2019). Ética para máquinas, Ariel.

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                 

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