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Interesantísima reflexión, Ignasi.
Aunque creo que las razones del abuso de temporalidad son demasiado complejas: se confunden la debilidad congénita de nuestra economía y los mercados; el tamaño pequeño o mediano de una gran parte de nuestras empresas; la consiguiente ausencia de verdaderas políticas de recursos humanos meditadas y profesionalizadas; la rigidez y costes que impone, a veces, la norma laboral; la inseguridad de haber acertado o no con el candidato/a contratado/a; incluso un componente cultural tan latino: esa tendencia de muchos a defraudar.
Todo ello (y muchos otros factores más) llevan a que el empresario, mientras pueda, huya de atarse y asuma convencido el riesgo de la ilegalidad; en la que probablemente ni esté pensando, porque lo que tiene primero en mente al suscribir el contrato temporal es su necesidad productiva, su obligación de cumplir con su cliente, y de que le cuadren las cuentas.
Para mí el debate es si las vías de flexibilidad que el legislador está ofreciendo a las empresas (en este caso, el régimen de contratación temporal) es el adecuado, porque si su incumplimiento es tan masivo, es evidente que algo está fallando, que estamos en medio de un diálogo de sordos. Podemos empeñarnos en hacer cumplir esa regulación, pero ¿y si el problema no es de «reeducar» al empresario? ¿Y si el problema es que la fórmula no es acorde con la realidad empresarial y sus necesidades?
En fin, tendríamos para debatir largo tiempo sobre el tema. Gracias por tus magníficos posts.